En cierto sentido, el modelo neoclásico de equilibrio general bajo condiciones de competencia “perfecta” puede verse como una versión formalizada por León Walras de la visión de la “mano invisible del mercado” formulada originalmente por Adam Smith. Según dicha visión, los individuos en la búsqueda de su provecho personal, a través del proceso de mercado logran llevar a un máximo el bienestar general. El tratamiento de Walras es abstracto y basado en premisas que condicionan el desarrollo matemático del tema. El criterio de cientificidad está dado no por el realismo de las premisas, sino por la congruencia interna del desarrollo de un modelo.

En lo que sigue presentamos una visión general de la noción de mercados autorregulados en la economía neoclásica, articulada en torno a las premisas básicas del modelo originario de competencia perfecta, pero ampliada con otros elementos conceptuales que se enseñan en los textos elementales de microeconomía de más amplia divulgación académica en el mundo desarrollado. El tema se circunscribe en este punto a la competencia perfecta, sin incluir los elementos posteriores incorporados a la teoría, relacionados con la imperfección del mercado (monopolio, oligopolio, competencia monopolística y teoría de juegos).

El rasgo más persistente de esas premisas es el de la eliminación de toda asimetría de poder que pueda perturbar el proceso de equilibrio general estable hacia el cual tiende el modelo. Examinemos de qué manera las premisas hacen desaparecer, como por arte de magia, todas las asimetrías de poder que son inherentes a las estructuras sociales:

A. El modelo de competencia perfecta supone posiciones de equilibrio general estable y no se preocupa de la distribución personal del ingreso. Este modelo considera a la distribución del ingreso como un dato exterior que no compete a la economía positiva.

B. El modelo es movido por el comportamiento de consumidores racionales que tratan de llevar a un máximo su utilidad total, y de productores racionales que tratan de llevar a un máximo su ganancia, es decir, la diferencia entre sus ingresos totales y sus costos totales.

C. El modelo trata de demostrar que en el punto de equilibrio, el bienestar de los consumidores alcanza un óptimo y los ingresos de los productores son suficientes para remunerar precisamente todos sus costos, incluyendo la remuneración empresarial por la tarea de coordinar los factores de la producción. Se supone que el modelo lleva al sistema productivo a un óptimo en que todos los factores productivos alcanzan su máxima productividad total.

D. Ningún contratante tiene el poder de fijar precios o cantidades en el mercado, sino que es el mismo mercado (la mano invisible) la que fija precios y cantidades. Ese proceso, desde el punto de vista matemático, consiste en determinar el valor de las incógnitas en un sistema de ecuaciones. Esto supone que no hay competencia imperfecta (oligopolio o monopolio). En otras palabras, el modelo supone ausencia de poder económico individual por parte de los  contratantes.

E. Existe completa transparencia en el modelo, es decir, perfecta información. La información no tiene costo alguno y se distribuye de manera totalmente igualitaria. Por lo tanto, cada consumidor y cada productor pueden conocer con precisión los datos de su cálculo económico. Si consideramos que el poder cultural consiste en el control de los medios de información, comunicación y conocimiento (por ejemplo, a través del sistema educativo, los medios de comunicación de masas, la publicidad, etc.), entonces el modelo supone una total ausencia de mecanismos de poder cultural por parte de los contratantes.

F. El modelo supone que existe perfecta movilidad de personas, recursos y bienes en el espacio físico, es decir, no hay costos de transporte (sea que lo midamos en tiempo o en dinero). Es como si todo el proceso de mercado ocurriera simultáneamente en un solo punto del tiempo y del espacio. En resumen, el modelo elimina el espacio físico, y con él, las condiciones territoriales específicas que otorgan poder a quienes están localizados en determinados puntos de la geografía o, más ampliamente, de la biosfera. Las dotaciones de capital, trabajo y tecnología están dadas y apropiadas antes de que empiece el juego del mercado.

G. Existe perfecta sustituibilidad entre los factores de la producción. Esto supone la existencia de un tipo de funciones de producción muy especial. La expresión «funciones de producción» se refiere a los métodos alternativos de producir que están disponibles, dada la tecnología imperante. La función de producción es el conjunto de métodos que transforman una cierta cantidad de factores productivos en una cierta cantidad de productos finales.

El supuesto de perfecta sustituibilidad entre factores es necesario para poder efectuar el cálculo marginal y el costo marginal. Una cierta cantidad de producto se puede fabricar con diferentes combinaciones de capital y trabajo, y la combinación elegida será aquella en que las productividades marginales de los factores son iguales a sus precios. Esto garantiza que la distribución de las remuneraciones a los factores productivos agota el producto social y no queda ningún excedente inexplicado que sería una expresión de inequidad en la distribución. La expresión matemática que representa esta peculiar función de producción se denomina Cobb-Douglas, en homenaje a los matemáticos que la formularon. Se trata de una formulación totalmente abstracta y artificial, cuyo único objeto es lograr la coherencia matemática general del modelo de competencia perfecta.

H. El modelo presume que no hay Estado, es decir, no hay subsistema político, ni reglas institucionales. Por lo tanto el mercado es autosuficiente; se contrapone al estado, y la única institución implícita más que explícita es la institución de la propiedad privada, que se respeta por el hecho de que los contratantes del mercado de competencia perfecta solo se comunican entre sí a través de las operaciones de mercado. Al no haber Estado tampoco existe el dinero, signo de curso legal, y el «dinero» del sistema de competencia perfecta es el «numerario», una mercancía que se usa como dinero y cuyo precio se iguala a la unidad. Al no existir ningún sistema político, tampoco existe un poder político que se sobreponga a las leyes del mercado.

Examinemos ahora en conjunto de qué manera las premisas del modelo de competencia perfecta aíslan el mercado de las condiciones económicas que contradicen su ley del valor y del resto de los subsistemas componentes de la sociedad humana, y aíslan al hombre económico del resto de las dimensiones de su vida social.

De este modo, la premisa A, al ignorar la distribución personal del ingreso, separa completamente del modelo sus implicaciones éticas medidas en términos de justicia distributiva.

La premisa B, al focalizarse en la racionalidad instrumental, separa una dimensión humana –la del hombre económico– de las restantes. Lo que caracteriza al hombre económico es que su fin es acumular medios. Solo pretende tener más. Su afán de ganancias o de bienestar no tiene límites.

La premisa C  trata de demostrar que el modelo maximiza la eficiencia llevando a un máximo u óptimo la utilidad total de los consumidores, en tanto la ganancia extraordinaria, entendida como un excedente, se hace cero. Esta idea, combinada con la premisa g, determina una teoría de la justicia conmutativa en la que se cumple la premisa: «de cada cual según la magnitud de la propiedad de sus recursos y a cada cual, dada la magnitud de su propiedad, según su aportación al proceso productivo». El modelo se preocupa por demostrar la eficiencia del mercado para fijar un precio «justo» (justicia conmutativa), pero excluye el tema de la justicia distributiva.

La premisa D, al suponer la atomicidad de los contratantes, excluye toda posición de poder económico que podría conducir a una fijación arbitraria de precios o cantidades por parte de quienes detenten posiciones de monopolio o de oligopolio. Esto excluye la posibilidad de un quiebre de la justicia conmutativa en las transacciones de mercado.

La premisa E, al considerar plena transparencia y perfecta información, excluye toda posición de poder cultural, si es que entendemos por este las posiciones diferenciadas en las reglas técnicas y sociales que regulan el acceso a la información, la comunicación y el conocimiento. Con la actual revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación, este tema ha adquirido mayor importancia que nunca.

La premisa F, al suponer una completa ausencia de fricciones espaciales, aísla el mercado «perfecto» del mundo físico. Elimina todas las influencias derivadas del tiempo y del espacio. Hoy esas fricciones han adquirido un aspecto nuevo, dado por los problemas ambientales que surgen de la biosfera y que están empezando a castigar las regiones del mundo de manera diferenciada (huracanes, deforestación, cambio climático, derretimiento de los polos, etc.)

La premisa H, al ignorar la existencia del Estado y del sistema político, aísla el mercado «perfecto» del poder político y no reconoce el hecho obvio de que el Estado es el marco institucional que «contiene» el mercado y posibilita su existencia.

 

Conclusiones respecto del modelo neoclásico originario

En términos de nuestras categorías de la dominación sugeridas en la Parte III, establecemos:

Primero: la teoría neoclásica elabora un relato irreal sobre el funcionamiento de los mercados capitalistas, fundado en la aparente soberanía del consumidor, que domina el proceso económico de una manera estable, justa y óptima en cuanto al aprovechamiento de los recursos. Usando las cuatro causas para tratar de resumir esta visión idílica del mercado de competencia perfecta, la causa eficiente de los procesos económicos neoclásicos es, en última instancia, el consumidor racional que elige libremente en los mercados; Segundo: la causa material sobre la cual recae el proceso de «dominación justa» ejercido por el consumidor racional, es el comportamiento de los productores atomizados que compiten por la utilización de los productos para generar la oferta requerida; Tercero: la causa formal del proceso de «dominación justa» se expresaría en el conjunto de premisas definitorias que estructuran (o más bien desestructuran) el mercado de competencia perfecta; Cuarto: la causa final del proceso son las formas utilitaristas del bienestar perseguido por los consumidores.

Este modelo supone o imagina condiciones y posiciones de poder que conceden la capacidad de determinar los fines de la lógica del mercado a los consumidores que buscan su bienestar personal. La desigualdad de poderes de adquisición que raciona los deseos y libertades de los más pobres es un dato exógeno que no penetra en el blindaje del territorio teórico neoclásico.

La noción de capital entendido como un poder que, fundado en el control de la propiedad capitalista, organiza y subordina a los restantes propietarios de la producción y, en especial, controla a los trabajadores desaparece totalmente de la consideración teórica.

La psicología aceptada imagina hombres económicos instrumentalmente racionales que aumentan su bienestar total en directa relación al control de más bienes de consumo.

Se supone que el mercado «perfecto» asigna los recursos de manera estable, eficiente y justa. Por lo tanto, aunque el análisis se redefina en términos de la noción de dominación, se trataría de una dominación justa. La noción de justicia manejada por los neoclásicos es la de justicia conmutativa. En el plano de la producción, cada factor productivo recibe una compensación que es igual a la productividad marginal del servicio productivo que vende a las empresas. En el plano del consumo, cada consumidor recibe cuotas de utilidad marginal que guardan proporcionalidad con los respectivos precios pagados por los bienes de consumo involucrados. Los criterios de cientificidad de este modelo reposan exclusivamente en el rigor formal del instrumento matemático utilizado, ya que sus premisas no guardan ninguna relación con el mundo real. Se trata de un espejismo muy adecuado para el mantenimiento del statu quo.

Fragmento extraído de: Armando Di Filippo (2013), Poder Capitalismo y democracia, RIL Editores.