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ÍNDICE Y PREFACIO DEL LIBRO PUBLICADO POR RIL EDITORES (2013)
Índice
Prefacio……………………………………………………………………….11
Índice de siglas ……………………………………………………………23
Agradecimientos…………………………………………………………..25
Parte I
Capitalismo
1. El capitalismo: sus rasgos definitorios…………………………….27
2. Capitalismo y sistemas políticos: un bosquejo histórico…….47

Parte II
Capitalismo y Democracia
3. Democracia: aspectos procedimentales y sustantivos………..67
4. Democracia integral y Republicanismo…………………………..77
5. Valor económico, capitalismo y democracia integral…………89

Parte III
Estructuras de poder y mecanismos de dominación
6. Una teoría «aristotélica» del poder y la dominación……….119
7. Aristoteles: justicia y poder…………………………………………147
8. Dinero capital y poder: de Aristóteles a Marx……………….160
9. Dinero capital y poder: de Marx a Keynes…………………….172

Parte IV
Sistemas de legitimación y ciencia económica
10. La economía neoclásica como instrumento
de legitimación……………………………………………………….191
11. Legitimación cultural y competencia perfecta………………197
12. Institucionalismo conservador versión de Hayek………….217

Parte V
Mas allá del dogma: ¿poder o autorregulación?
13. Clásicos y Marx……………………………………………………..241
14. Thorstein Veblen y John Commons……………………………265
15. John Maynard Keynes……………………………………………..276
16. Joseph A. Schumpeter………………………………………………300
17. John Kenneth Galbraith…………………………………………..310
18. Gunnar Myrdal………………………………………………………328

Parte VI
La escuela estructuralista Latinoamericana
19. La teoria economica estructuralista …………………………..335
20. Globalización capitalista y democracia ………………………368
21. Versión multidimensional del sistema
global y de la visión centro-periferia…………………………..383
22. Integrar américa latina: dos visiones diferentes…………….413
Bibliografía………………………………………………………………..425

PREFACIO
Este libro se propone examinar los vínculos entre el capitalismo y la democracia en el marco de la globalización de las sociedades humanas del tercer milenio. Expresa la mirada de un economista formado en una visión sistémica, multidimensional y dinámica de las ciencias sociales. Los cambios histórico-estructurales interrelacionados del capitalismo y la democracia pueden encuadrarse fructíferamente en dicha visión epistemológica.

La crítica del capitalismo es el foco central de la argumentación. El capitalismo es entendido como un sistema de poder y dominación que ha estructurado la vida económica y modelado la cultura de las sociedades occidentales desde hace al menos doscientos años.

La teorización económica que ha predominado en la vida académica de dichas sociedades nace junto con el capitalismo de la mano de Adam Smith y se focaliza en el estudio de las capacidades autorreguladoras de los mercados para asignar los recursos productivos de una manera eficiente. Expresa los valores del liberalismo que ha predominado como visión económica y política del mundo. La epistemología de las ciencias sociales que, desde entonces, ha triunfado en occidente tiene un rasgo distintivo consistente en parcelar la realidad social y estudiarla a través de diferentes disciplinas. Esta fragmentación de miradas científicas ha favorecido el dogma de la autorregulación de los mercados y ha instalado el afán de lucro individual como orientador de la vida económica. El éxito de este sistema económico que ha conquistado el mundo radica en su capacidad para acrecentar el poder productivo del trabajo humano y por esa vía alimentar la esperanza de una prosperidad apoyada en los mecanismos del mercado.

Sin embargo la evidencia histórica demuestra que la desigualdad social, la explotación humana y la depredación del medio ambiente son lacras que parecen inherentes al funcionamiento de dicho sistema económico. También el poder productivo formidable desarrollado por las técnicas capitalistas ha cambiado el significado de la guerra entre naciones, dando lugar a masacres y genocidios en el siglo veinte que, por su magnitud, no tienen precedentes en la historia de la humanidad.

El presente libro plantea la necesidad de cambiar el foco epistemológico e ideológico del tema bajo análisis, rompiendo la compartimentalización disciplinaria y estudiando de manera conjunta la evolución de los sistemas económicos, políticos y culturales de las sociedades occidentales contemporáneas. Un rasgo ideológico del estudio de los vínculos entre sistema político y sistema económico en occidente ha sido la oposición entre las
nociones de estado y mercado. Las dos posiciones extremas fueron, por un lado, el liberalismo manchesteriano del siglo XIX defensor de un estado mínimo y promotor unilateral de las virtudes del libre mercado, y, por otro lado, los movimientos comunistas que culminaron con la revolución rusa y la constitución de la Unión Soviética. Durante el siglo XX, la primera de estas tendencias ideológicas, fundada en las virtudes autorreguladoras del mercado colapsó con la crisis de los años treinta, y la segunda se desmoronó por las
falencias del régimen soviético, las ineficiencias de sus mecanismos colectivistas de gestión estatal y su desprecio por los derechos y libertades ciudadanas.

Desde fines del siglo XX hasta hoy (2012) hemos presenciado el retorno del fundamentalismo de mercado de la mano de las megacorporaciones transnacionales.

El criterio propuesto en este libro es el de estudiarlo críticamente en el marco de la relación capitalismo-democracia, situada históricamente en la presente era global.

Partiendo de la dicotomía más bien abstracta y atemporal entre estado y mercado, este trabajo elige profundizar los vínculos teóricos e históricos entre estado democrático y mercado capitalista, que son los parámetros estructurales propios de las sociedades occidentales donde vivimos. En segundo lugar estas páginas atacan con máxima determinación el dogma de la autorregulación de los mercados que, parapetado en un falso concepto de libertad económica estigmatiza al estado como el símbolo de todas las ineficiencias y autoritarismos.

La prédica fundamentalista en favor de la autorregulación de los mercados y de las empresas se encuadra en un discurso teórico-ideológico que intenta minimizar la influencia del estado y, si es posible prescindir completamente de ella. En realidad, como esta prescindencia es absurda e imposible, la pugna por rechazar la tutela del estado está encubriendo un esfuerzo por colonizar o dominar sus instituciones para ponerlas al servicio del poder corporativo transnacional.

Como el capital corporativo no puede prescindir de las regulaciones del estado, presiona para lograr que esas regulaciones se adecuen a sus fines. El mecanismo del cabildeo (lobby) opera en los parlamentos con procedimientos que lindan en la práctica del soborno u otras formas de corrupción.

Ese es precisamente el cuadro histórico que hoy estamos presenciando ya no solamente en las regiones periféricas sino también en las principales potencias hegemónicas del mundo occidental. La actual crisis recesiva iniciada hace casi un lustro demuestra la creciente subordinación de las políticas gubernamentales a los intereses de las grandes corporaciones del capitalismo global.

El punto central que el enfoque sistémico e institucional de las ciencias sociales permite poner de relieve, es que los mercados capitalistas requieren de los estados democráticos para poder asignar los recursos económicos no sólo con eficacia sino también con justicia. Es más, los valores que se sustentan a través del mercado capitalista reflejan una racionalidad instrumental y microeconómica orientada al lucro, en tanto que los valores que se sustentan a través del estado democrático (en algunas de sus versiones posibles) aspiran a reflejar una racionalidad moral orientada a promover el desarrollo humano, satisfaciendo las necesidades y promoviendo las libertades que lo posibilitan.

El estudio del afán de lucro es un hilo conductor medular de la dinámica del capitalismo. El lucro es la meta y razón de ser del dinero utilizado como capital. Comprar para vender, lucrar y acumular a través del mercado es su fórmula mágica.

En los orígenes de la civilización occidental Aristóteles dio la voz de alerta al distinguir entre la crematística natural o necesaria dirigida a procurarse valores de uso, y la crematística lucrativa orientada a acrecentar la magnitud de dinero controlado por los mercaderes profesionales.

Las más gravitantes entidades que lucran y acumulan en el siglo XXI ya no son personas naturales sino grandes corporaciones que han subordinado causalmente la noción macroeconómica de crecimiento del producto, a la noción microeconómica de acumulación de capital lucrativo. Si las empresas obtienen ganancias y expanden el producto total, la agregación macroeconómica de esos resultados es considerada como el principal indicador sintético de crecimiento, incluso si es que dicho crecimiento arremete contra
el medio ambiente o se distribuye de manera injusta y regresiva. De manera vaga tiende a identificarse esa medida promedio con el progreso social y el desarrollo humano.

La empresa capitalista mira el lucro como un mecanismo para expandir su poder microeconómico privado, pero desde el punto de vista del estado democrático el lucro puede entenderse como una señal capaz de orientar los emprendimientos productivos en determinadas direcciones. Esta lectura del significado social del lucro es esencial para entender los vínculos entre mercados capitalistas y estados democráticos. Sin embargo el tema no ha sido estudiado, precisamente por la compatimentación recíproca entre la ciencia económica y la ciencia política y por el rechazo recalcitrante de los ortodoxos de mercado a cualquier intento de encauzar el uso social del lucro empresarial.

Las empresas capitalistas hacen un uso privado del lucro para sus propios fines estratégicos, en tanto que la sociedad en su conjunto se beneficia sólo en la medida que los emprendimientos más lucrativos generen bienes y servicios requeridos por el bien común.

El sistema político es la principal fuente alternativa de poder societal capaz de encauzar el lucro y ponerlo al servicio de fines humanos socialmente legitimables. Pero el sistema político no puede anular o subrogar las formas económicas del poder. El lucro entendido macroeconómicamente es una medida del excedente disponible en las sociedades capitalistas para la promoción de nuevos emprendimientos productivos. Compete a las sociedades democráticas a través del sistema político orientar los usos sociales de ese excedente (Prebisch 1981).

El estado democrático puede encauzar socialmente el destino del excedente (lucro) de las empresas tanto a través del mercado (empresas públicas), como desde afuera del mercado haciendo uso de sus poderes reguladores y fiscales. Así lo hicieron en la postguerra (en cierta medida, al menos), los estados benefactores de Europa Occidental dando lugar a una expansión del producto social que alcanzó niveles sin precedentes de equidad y dinamismo.

Sin embargo en las últimas dos décadas del siglo XX, las megacorporaciones ayudadas por las emergentes tecnologías de la información se globalizaron rápidamente propagando a escala planetaria sus cadenas productivas y sistemas de valor. Desde entonces los estados nacionales democráticos han venido perdiendo gran parte de su control sobre el excedente global (lucro) de las corporaciones transnacionales y sobre sus decisiones de inversión.

Debe entenderse que las corporaciones como tales carecen de racionalidad moral porque no son personas humanas aunque tengan personalidad jurídica, detenten propiedad y ejerzan poder de contratación. Son organizaciones que operan como artefactos o mecanismos sociales preparados para lucrar y acumular, y solamente pueden ser encauzadas a través de los mecanismos regulatorios y fiscales.

Cuando esos mecanismos están ausentes o los gobiernos carecen de poder para imponerlos, entonces emerge la cara perversa del capitalismo que lucra con el narcotráfico, la trata de mujeres, niños y migrantes indocumentados, el tráfico de armas, la depredación ambiental, etc. Es función indelegable de los gobiernos democráticos reorientar el excedente (lucro) corporativo hacia bienes públicos que satisfagan las necesidades societales básicas de la población (energía limpia, agua consumible, alimentación, educación, cuidado de la
niñez, generación de empleos decentes, cooperación internacional
con las naciones más pobres y oprimidas, etc.).

Existen actualmente dos datos esenciales para entender el modus operandi del neoliberalismo del siglo XXI: Primero, los instrumentos monetarios y financieros se han ido globalizando e independizando de todo control democrático. Y, segundo las funciones reguladoras del estado democrático y sus políticas fiscales, tan usadas durante la era keynesiana, han sido suplantadas por el dogma de la autorregulación de los mercados y la prevalencia de las políticas monetarias.

De esta forma se redujo radicalmente el poder de los gobiernos para desarrollar políticas públicas. La estrategia neoliberal para mantener los equilibrios fiscales fue reducir gastos y no incrementar la presión tributaria. La receta monetarista-neoliberal para estimular el crecimiento económico consiste en mantener bajas las tasas de interés y relajar los controles a la banca privada de inversiones,
lo que favorece la especulación inmobiliaria en todo el mundo desarrollado. Así fue como se precipitó la crisis de las hipotecas en Estados Unidos. El colapso de la gran banca estadounidense (que con la tolerancia cómplice del gobierno había provocado el inicio de la crisis), se propagó a todo el occidente desarrollado, y los gobiernos debieron asumir posiciones deficitarias y deudoras para rescatar la banca privada.

De esta manera se ha generado el círculo vicioso macroeconómico que está erosionando peligrosamente las economías de Europa. El proceso recesivo desatado agrava por sí mismo los déficits fiscales. Puesto que el Banco Central Europeo manifiesta reticencia a adquirir deuda pública, los especuladores privados se hacen cargo del asunto, induciendo altibajos en las primas de riesgo
que les producen grandes ganancias. Con tal fin se encargan de generar rumores alarmistas respecto de la solvencia de los países que son víctimas de dichos ataques especulativos. Hacen uso para ello de las agencias evaluadoras de riesgo, y de algunos medios de comunicación. De esa manera la alarma pública deliberadamente promovida favorece la aplicación de mecanismos especulativos que agravan la inestabilidad financiera de los países europeos.

En Estados Unidos, todavía centro hegemónico del capitalismo mundial, la crisis de 2008 se enfrentó con «imaginativas» políticas monetarias. La banca central estadounidense tampoco presta dinero directamente al gobierno (no le compra bonos del tesoro) y el departamento del tesoro (ministerio de finanzas) no aumenta la presión tributaria ni genera gasto publico para estimular el crecimiento. Como alternativa a estas políticas más tradicionales propias de la
era keynesiana, la Reserva Federal (Banco Central) aplica políticas de flexibilización cuantitativa (quantitative easing) transfiriendo dinero a la gran banca privada a cambio de activos financieros de todo tipo poseídos por esta. Dicho más directamente la banca central está al servicio del rescate de la gran banca privada incrementando sus reservas y manteniendo al mínimo las tasas de interés. Como a pesar de estas facilidades la banca privada no incrementa sus créditos al sector productivo, el resultado de estos comportamientos es promover una burbuja bursátil global, que robustece la posición de los especuladores, y daña en última instancia los derechos económicos, Culturales y sociales de «ciudadanos de a pie».

Como la política del Banco Central Europeo es aún más restrictiva que la de la Reserva Federal, y, en el caso de la Unión Europea carecen aún de una unión fiscal, los mecanismos especulativos han brotado con mayor virulencia generando un círculo vicioso de recesión económica, crisis, social, y turbulencia política.

En particular, el círculo vicioso macroeconómico europeo consiste en que, primero la actual recesión agrava el déficit fiscal; segundo, las políticas neoliberales pretenden enjugarlo reduciendo el gasto público y vendiendo bonos del tesoro a los inversionistas privados; tercero, la reducción del gasto público deprime la demanda agregada; cuarto, la depresión de la demanda agregada agrava la recesión; y, quinto, la mayor recesión agrava el déficit fiscal, recomenzando por esa vía el ciclo depresivo y hundiendo las economías
europeas en un rápido endeudamiento.

El desenlace previsible de esta espiral descendente se asemeja al crecimiento de células cancerosas en un cuerpo sano, la proliferación de dichas células termina por producir la muerte del cuerpo pero con él también mueren los tejidos cancerosos. Esa es la victoria pírrica que están obteniendo los mercados que intentan controlar la política pública de los estados, y «socializar» las pérdidas con cargo a la destrucción del estado de bienestar.

La crisis generada por el capital financiero, se convirtió primero en una crisis económica (recesión), después en una crisis social (desempleo y pobreza) para desembocar actualmente en una crisis política. En consecuencia una adecuada apreciación de la situación actual exige, primero, un análisis sistémico que incluya todas las dimensiones de la crisis que de ninguna manera ha concluido, y, segundo, un reconocimiento de la prioridad de la esfera política sobre la esfera económica, o, dicho más precisamente una prioridad de los estados democráticos sobre los mercados capitalistas.

Para la superación de este perverso cuadro financiero, una forma de subordinar los fines privados del capitalismo a los fines públicos de la democracia, es por un lado, endurecer el control social sobre las corporaciones (en especial las del sector bancario-financiero transnacional), y por otro lado, estimular y tornar lucrativos los emprendimientos productivos de bienes y servicios que satisfagan
las necesidades básicas de las mayorías ciudadanas con prioridad sobre las preferencias, deseos y/o caprichos individuales de minorías distributivamente privilegiadas. El primer elemento de esta estrategia significa un fortalecimiento del poder regulador de los estados democráticos en la esfera económica, y, el segundo, la formulación de estrategias y políticas públicas dirigidas a promover la justicia distributiva, y el progreso técnico ambientalmente responsable.

Este breve y superficial diagnóstico de la crisis mundial actual es un ejemplo de la pugna dialéctica capitalismo-democracia donde ambos subsistemas (como la historia lo demuestra), a largo plazo se oponen pero también se suponen recíprocamente. La superación de sus contradicciones no pasa por la eliminación de ninguno de ambos, sino por una síntesis que supere sus contradicciones fundamentales. La alternativa aquí planteada es la de subordinar las instituciones del capitalismo  a las instituciones de la democracia. La democratización de la cultura asociada a la propagación de las tecnologías de la información puede favorecer estas opciones.

Las nociones de sistema e institución son un marco epistemológico fundamental en las reflexiones que siguen, pero la visión sistémica aquí adoptada sitúa a los seres humanos en el centro del proceso histórico. Son ellos los que articulan y otorgan sentido pleno a los sistemas e instituciones sociales.

Cabe, por último, explicitar con más detalle los rasgos sistémicos e institucionales de la visión aquí propuesta.

Un sistema es concebido aquí como un objeto complejo cuyos componentes están unidos entre si por vínculos relativamente estables e interdependientes que constituyen su estructura. Puede ser abstracto, como una teoría científica, o concreto como el universo que habitamos. Los sistemas concretos tienen una base física y son intrínsecamente dinámicos. Una sociedad humana puede verse como un sistema social concreto, cuyos componentes son seres humanos o asociaciones compuestas por seres humanos (Mario Bunge 1999).

Podemos elegir cuatro subsistemas principales en toda sociedad humana que guardan correspondencia biunívoca con cuatro dimensiones presentes en todo ser humano. Las dimensiones propiamente humanas aquí propuestas, que Aristóteles (1995) destacó son, por un lado, las de animal racional, y, por otro lado, las de animal sociopolítico (zoon politikon).

Según la correspondencia biunívoca sugerida entre las dimensiones de la condición humana y los subsistemas sociales básicos, los humanos podemos estudiarnos a nosotros mismos alternativamente como: a) animales gregarios (interactuamos en subsistemas biológico-ambientales), b) instrumentalmente racionales (poseemos, producimos e intercambiamos instrumentos generando subsistemas económicos), c) moralmente racionales (generamos códigos éticos y lenguajes sutiles que nos permiten construir información comunicación y conocimiento en el ámbito de los de subsistemas culturales), y d) sociopolíticos (nos subordinamos a poderes normativos que construimos colectivamente a través de subsistemas políticos).

Las relaciones sociales son aquí concebidas como interacciones humanas fundadas en expectativas recíprocas de conducta que derivan de la existencia de las instituciones. Las instituciones son reglas técnicas (relación persona-instrumento) o sociales (relación persona-persona) interiorizadas en el comportamiento efectivo de los actores. Las posiciones ocupadas por los actores sociales en las instituciones determinan en grado decisivo la libertad y el poder que ellos detentan. Las corrientes teóricas del institucionalismo
estadounidense y del estructuralismo histórico latinoamericano han contribuido significativamente a elaborar esta noción de poder institucionalizado o estructurado.

El subsistema político será interpretado como el generador de las instituciones que fijan la estructura normativa formal, y el subsistema cultural como el generador de la estructura normativa informal de toda sociedad humana. La posición de los actores sociales en las estructuras institucionales es el fundamento del poder (o de la impotencia) que ellos revelan en sus relaciones sociales.

Las instituciones estructuran la vida social, y son multidimensionales. Pueden ser culturales (como el lenguaje), económicas (como las técnicas productivas o las formas de propiedad), políticas (como los derechos y deberes ciudadanos), o biológico-ambientales (como las normas vigentes en las prácticas de la reproducción humana).

Cabe distinguir entre la noción de instituciones y la de organizaciones (North 1993). Los objetivos perseguidos por las organizaciones y asociaciones son también multidimensionales: pueden ser económicos (como en las empresas), o políticos (como en las oficinas del gobierno), o culturales (como en las escuelas o las iglesias), o socio-biológicos (como en los hospitales).

En el marco de esta visión sistémica e institucional el libro se organiza de la siguiente forma.

La primera parte se apoya por un lado en la noción de poder, y, por otro lado en las nociones aristotélicas de justicia con el objetivo de escrutar los rasgos principales de las relaciones entre capitalismo y democracia. Pone de relieve, además, que los términos capitalismo y democracia pueden estudiarse como tipos teóricos, o, alternativamente, como subsistemas dinámicos, históricamente interrelacionados e interdependientes.

La segunda parte aborda esquemáticamente los rasgos que (en los debates actuales sobre filosofía política) caracterizan a la democracia liberal originada en la modernidad. Por otro lado pretende bosquejar el ideal de una democracia integral que sea multidimensional y recoja la herencia republicana de raíz clásica grecolatina en materia de justicia (virtud practicada frente al prójimo). Dentro de esta misma parte se examinan los fundamentos filosóficos y las teorías del valor de las diferentes corrientes científicas en economía abocadas al estudio del capitalismo. La pretensión de esta parte sigue siendo la de abrir espacios de debate entre la filosofía política y la filosofía económica respecto de los vínculos entre capitalismo y democracia.

La tercera parte expone lo que podría denominarse una teoría «aristotélica» del poder y de la dominación. Propone además, una retraducción de las cuatro causas (o cuatro estrategias explicativas) de Aristóteles al lenguaje contemporáneo de la causalidad y de los sistemas en la versión del filósofo argentino Mario Bunge.  A partir de allí recorre un itinerario que, partiendo de la filosofía económica aristotélica, transita por las visiones de Hegel y Marx, para desembocar en los planteamientos reformistas y pragmáticos de Keynes. Nuevamente es una invitación a reabrir el debate sobre filosofía económica.

La cuarta parte aborda la teoría económica académicamente hegemónica en occidente y resalta la subyacente carga ideológica de los modelos neoclásicos de equilibrio general, examina sus premisas simplificadoras, y los caracteriza como instrumentos de legitimación de los mercados capitalistas autorregulados.

La quinta parte, partiendo desde los padres fundadores de la economía clásica, explora de manera esquemática y descriptiva, el papel que, en algunas propuestas teóricas (ajenas a la teoría neoclásica), jugaron las nociones de poder y dominación. Los clásicos y Marx exploraron el poder asimétrico de las clases sociales; Veblen y Commons el poder asimétrico de las instituciones; Keynes el poder asimétrico de la demanda agregada; Schumpeter el poder desequilibrante del empresario innovador; Galbraith el poder asimétrico de la tecnoestructura; y Myrdal el poder asimétrico amplificado por las causaciones acumulativas.

En la sexta y última parte, se presenta una interpretación personal (probablemente heterodoxa) del estructuralismo histórico latinoamericano y de sus fundamentos sistémicos, fuertemente asociados a las nociones de poder y de justicia distributiva. En ese marco se plantean los impactos del proceso de globalización en América Latina, y, la vigencia actual de la visión centro-periferia.

Finalmente, se sugieren algunas estrategias fundadas en un fortalecimiento
de la democracia y de la integración multidimensional de naciones a escala latinoamericana.

Casi todos los capítulos se fundan en notas y apuntes de clases correspondientes a diferentes cursos que fui dictando en centros académicos de América Latina, de Estados Unidos (Stanford) y de Europa (Universidades de Barcelona y París. Algunas secciones han aprovechado argumentos y reflexiones contenidas en ensayos y artículos elaborados durante mi larga permanencia como investigador y asesor en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), y en el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social (ILPES), o en las consultorías ocasionales practicadas en otros organismos como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización Mundial del Comercio (OMC), o la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD).

Cuando algún capítulo mantiene en alto grado los contenidos del ensayo original y éste fue publicado en alguna parte, menciono en nota al pie el nombre del ensayo en cuestión, pero en la mayoría de los casos, sencillamente se trata de apuntes de clases de mi propia autoría que han sido profundamente reformulados. Espero por último que la presente reformulación de dichos apuntes siga siendo útil a mis alumnos que permanentemente motivan y estimulan mi vida intelectual.


Existe versión en Ebook (Kindle Edition) que puede ser adquirida en Amazon.com, Mercado libre, y otros proveedores similares.

 

EL ESTRUCTURALISMO HISTÓRICO LATINOAMERICANO EN EL SIGLO XXI

 

Armando Di Filippo

 

(Trabajo a ser publicado en la Revista “SaberEs” (www.saberes.fcecon.unr.edu.ar/).

 

Publicación de la Facultad de Ciencias Económicas y Estadística. Universidad Nacional de Rosario.

 

El presente ensayo intenta sintetizar los rasgos principales que caracterizan a esa corriente de pensamiento que denominamos Estructuralismo Latino americano (E.L.). En la primera parte se presentan conceptualmente dichos rasgos de manera resumida intentando subrayar su validez y vigencia en el siglo XXI. En la segunda parte se profundiza la perspectiva histórico-estructural de esta corriente de pensamiento. Con tal fin, se efectúa una periodización dentro de la cual se caracterizan los principales factores de cambio del capitalismo a  escala mundial y se subraya la conexión o contrapunto entre los procesos acontecidos en los centros hegemónicos y su impacto sobre la periferia latinoamericana. Se incorpora a cada período examinado una síntesis de las principales corrientes de pensamiento económico que se fueron gestando en el mundo occidental en respuesta a aquellos cambios históricos, y, en función de los intereses de las potencias hegemónicas que en cada época, lideraron el orden mundial. Se examina la influencia de esas corrientes de pensamiento sobre el pensamiento estructuralista latinoamericano.

 

  1. RASGOS DEFINITORIOS DEL ESTRUCTURALISMO LATINOAMERICANO

El estructuralismo latinoamericano (E.L.) puede examinarse: i) como una teoría económica, ii) como una economía política, iii) como un conjunto de estrategias de desarrollo, o iv) como una visión del mundo y de la historia. Examinaremos de manera sintética cada una de estas perspectivas de análisis tratando de enfatizar para cada una la validez y vigencia de los postulados estructuralistas (Di Filippo 2017)

 

  1. Como una teoría económica con rasgos propios

Una de las modalidades más importantes de la dependencia cultural latinoamericana, ha sido la aceptación académica de la teoría microeconómica neoclásica como expresión oficial de la ciencia económica dominante en nuestras universidades. Esta disciplina abstracta, atemporal, y estática, con fundamentos totalmente compartimentados respecto de las dimensiones culturales y políticas de las naciones donde se aplicaban, condujo a la gran crisis de los años treinta. La recuperación de este desastre económico requirió de la macroeconomía keynesiana que al menos rescató el rol imprescindible del Estado democrático en la regulación de las instituciones económicas del capitalismo.

 

El dogma de la autorregulación de los mercados (el libre cambio) se apoya todavía hoy, principalmente en las teorías utilitaristas-marginalistas del valor que fundamentan moralmente las formas del hedonismo consumista hoy predominante en el mundo. La teoría neoclásica haciendo uso de su terminología propia supone, por ejemplo, que el progreso económico individual se manifiesta en el ascenso a “curvas superiores del mapa de indiferencia de cada consumidor en que la utilidad marginal de los bienes es siempre positiva”. Dicho más sencillamente cuantos más bienes se adquieren y poseen mejor se está. No vale la pena abundar sobre las bien conocidas consecuencias culturales y ambientales de esta visión consumista del mundo, promovida aún más por las estrategias de obsolescencia programada que imponen las empresas industriales, para asegurar el sostenimiento de la demanda a través del recambio de viejos modelos todavía utilizables por otros nuevos en la industria automovilística, electrodoméstica, etc. Una de las consecuencias ambientales de esta estrategia ha sido la de convertir al planeta en un basurero invivible que contribuye a la destrucción de la diversidad biológica.

 

Los bienes económicos a los que se alude en los modelos de competencia “libre”, “pura” o “perfecta” se caracterizan  teóricamente en la economía neoclásica por dos rasgos: la utilidad y la escasez. El tratamiento teórico neoclásico de la noción de utilidad avala y promueve el consumismo como filosofía de vida. Por otro lado la escasez relativa de los bienes que se transan en el mercado no deriva de la “mano invisible del mercado”, sino de la “mano visible de las CT” (en ocasiones bastante visible) que a través de su planificación transnacional,  controlan y determinan aquellas opciones de consumo con escasos márgenes de variabilidad y libertad real para los consumidores.

 

Los modelos neoclásicos han reconocido e incorporado, es cierto, el estudio de las formas oligopólicas (teoría de juegos por ejemplo) y monopolísticas de la competencia, pero este reconocimiento es la mejor prueba de las asimetrías de poder en los mercados y de la creciente capacidad de las CT para generar y administrar la escasez relativa (y por lo tanto determinar los precios relativos) de los bienes que se transan en los mercados. El verdadero factor causal de largo plazo que afecta la escasez relativa en los mercados es la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza y del ingreso, junto con el carácter oligopólico de los mercados controlados de manera creciente por las C.T.

 

El E.L. ha tratado en profundidad los temas del consumismo y de los mecanismos sesgados y concentrados de la distribución del cambio técnico y de sus frutos en América Latina (Anibal Pinto 1965, Pinto y Di Filippo 1979, Prebisch 1981). Este enfoque sigue siendo hoy pertinente y válido en un escenario de pobreza y heterogeneidad estructural agravado por los crecientes problemas ambientales derivados de las técnicas productivas y consumistas actuales.

 

La otra vertiente  teórica alternativa de gran difusión académica para explicar los precios de mercado es la teoría del valor trabajo, sea en sus versiones clásicas (Smith, Ricardo, Malthus) o marxistas. Desde luego esta corriente tiene mayor realismo histórico y provee importantes elementos para explicar la lógica del capitalismo, de las clases sociales y de las teorías de la explotación. Pero debe reconocerse que los precios relativos de los bienes y factores productivos no son, ni han sido nunca estrictamente proporcionales a las cantidades de trabajo invertido en producirlos. En la presente etapa histórica, la teoría del valor-trabajo se torna cada vez menos adecuada para medir los precios relativos en unidades de trabajo humano. El tema de la robotización está planteando otro tipo de problemas vinculados al desempleo estructural creciente por el lado de la oferta, y de la insuficiencia de demanda agregada por el lado del consumo. El proceso de automación y robotización actual (la así denominada “Cuarta Revolución Industrial” o “Industria 4-0”) prescinde cada vez más de la fuerza humana de  trabajo, marginalizando y empobreciendo a importantes contingentes de trabajadores no calificados, y obligando a idear nuevos mecanismos que independicen a la demanda de bienes de consumo respecto de las remuneraciones salariales, como es el caso con las iniciativas vinculadas a la renta mínima universal cuya posible vigencia ya se ha empezado a explorar.

 

Por oposición a las anteriores visiones, el E.L. ha elaborado una teoría heterodoxa de los precios y de los mercados, muy distinta a las que derivan del  valor-utilidad, o del valor-trabajo. Esta teoría de los mercados que podríamos denominar del valor-poder, dice que la “sustancia social” que denominamos “valor”  subyacente al mecanismo de los precios y de los ingresos es el poder. La forma específica del poder que se detenta y ejerce a través de los mercados de bienes y factores de la producción es el poder adquisitivo general, medido como el cociente entre flujos de dinero y múltiples índices específicos de precios (al consumidor, al minorista, al mayorista, de productos básicos, manufacturados, etc.).

 

Considerado macroeconómicamente el poder adquisitivo general medio de un sistema económico cerrado es una función del poder productivo general alcanzado por el sistema de acuerdo con su ritmo de asimilación del cambio técnico derivado de los sistemas de ciencia y tecnología. Como es sabido, la productividad laboral de un sistema económico es inversamente proporcional a la cantidad de trabajo requerida para producir una mercancía. Puesto que el rasgo más definitorio de las estructuras productivas latinoamericanas es el carácter exógeno, irregular y desparejo del cambio técnico incorporado desde las economías centrales, esto quita representatividad a las magnitudes macroeconómicas promedio, y revela el carácter segmentado y heterogéneo de las estructuras productivas latinoamericanas.

 

Como alguna vez señaló Paul Samuelson, hasta un loro puede aprender economía si se le enseña el significado de las interacciones entre “oferta” y “demanda”. El trabajo científico consiste en averiguar los factores causales (en plazos, cortos, medianos y largos) subyacentes a aquella interacción los que  terminan determinando los grados de escasez relativa y por lo tanto los precios en cada mercancía concreta.

 

Para ello hay que adentrarse en la totalidad de las dimensiones de la estructura social (no sólo económicas sino también  políticas, culturales y biológico ambientales) y escudriñar los factores de poder que en cada momento y lugar histórico están influyendo sobre la oferta y la demanda de mercados específicos. Pero llegados a este punto trascendemos los compartimentos estancos de la teoría económica “pura” y desembocamos inexorablemente en los dominios de la economía política.

 

  1. Como una economía política

Una teoría del valor-poder no puede formularse a través de la elaboración de modelos abstractos, generalmente matematizados, e imposibilitados de tomar en cuenta todas las dimensiones del poder y traducirlas en magnitudes de poder adquisitivo general.

 

El poder, siguiendo a Weber en este punto, puede entenderse como la capacidad (o potencial) de determinados actores sociales (personas naturales o jurídicas) para imponer su voluntad incluso contra la oposición no institucionalizada de los restantes miembros de la sociedad. El ejercicio habitual de ese poder puede ser denominado dominación (Di Filippo 2013).

 

Las posiciones de poder de las personas naturales o jurídicas (organizaciones, corporaciones, asociaciones varias, etc.) que están socialmente estructuradas, dependen de su ubicación en las instituciones de la sociedad. Las instituciones sociales son reglas formales o informales de comportamiento habitual, efectivamente interiorizadas en las conductas sociales. La existencia de las instituciones es el fundamento estructurante de las sociedades humanas al generar expectativas recíprocas de comportamiento capaces de generar un orden social  (Douglass North 1993).

 

En síntesis para el E.L., la economía política incorpora como parte de sus esfuerzos teóricos el papel central del Estado que es la fuente de las instituciones formales estructurantes del orden social, en cuyo marco se determinan las posiciones de poder de todos los subsistemas que conforman las sociedades humanas. No hablamos aquí del Estado autoritario que asigna compulsiva y centralizadamente los recursos económicos sino del Estado democrático que asume la existencia de formas descentralizadas de propiedad.

 

Pero los subsistemas culturales (en donde se determinan los valores morales predominantes propagados a través de los mecanismos de información conocimiento) están referido a instituciones informales y suelen tener un enorme poder estructurante de las sociedades históricamente concretas. El proceso de globalización actual requiere, hoy más que nunca en la historia, un examen de los procesos económicos que tomen como punto de partida la noción de poder. El E.L. ha intentado avanzar en esa línea de reflexión explorando los fundamentos del poder (adquisitivo general) que se ejerce en los mercados a través de la determinación de las escaseces relativas operantes en cada una de las cadenas de valor que van determinando los precios relativos (Véase por ejemplo Rofman 1999, 2000).

 

  1. Como una visión del mundo y de la historia

La visión del mundo y de la historia propia del E.L. se caracteriza por ser sistémica, histórico-estructural, global, institucional y multidimensional donde todos estos rasgos,  son recíprocamente compatibles. Se defiende aquí la profunda vigencia y validez de esta lectura de la realidad para entender el nuevo escenario mundial del capitalismo que se está configurando en el siglo XXI (Ahumada y Di Filippo 2013).

 

La visión es sistémica porque en su encuadramiento fundamental o punto de partida examina: de un lado los sistemas socioeconómicos nacionales periféricos, y de otro lado el sistema centro-periferia de Relaciones Internacionales. Los sistemas son objetos complejos cuyos componentes están unidos entre sí por lazos estables que constituyen su estructura. Pueden ser abstractos, como una teoría científica, o concretos como el mundo físico que habitamos. Los sistemas concretos están sujetos a un permanente proceso de cambio. Las sociedades humanas pueden verse como sistemas concretos cuyas partes y componentes  son seres humanos o asociaciones compuestas por seres humanos.

 

El sistemismo entendido como una postura epistemológica (Mario Bunge 1996, 1999) intenta sintetizar y articular en un recorrido de ida y vuelta los enfoques atomistas con los enfoques holistas. Aplicadas al funcionamiento de los sistemas socioeconómicos nacionales en la era capitalista, estas dos visiones de mundo polares están representadas, en un extremo (el atomismo) por el enfoque liberal -donde en la búsqueda del provecho individual y, a través del mecanismo del mercado, los actores económicos logran presuntamente promover el bienestar y la prosperidad social-; y, en el otro extremo por ejemplo en las aproximaciones marxistas ortodoxas – el holismo se expresa en que los individuos son meras expresiones de la posición que ocupan en la lucha de clases motorizada por el desarrollo de las fuerzas productivas, en un proceso que desemboca necesariamente en la utopía social del comunismo.

 

Ambas aproximaciones –la mano invisible del mercado y la mano autoritaria del Estado- al menos en sus formulaciones originarias son dogmáticamente deterministas porque plantean desenlaces inexorables que evidentemente contradicen los procesos históricos reales. En el siglo XX las economías centralmente planificadas por Estados Autoritarios, crearon sociedades abrumadas por rigideces burocráticas y falta de creatividad técnica. Estos sistemas económicos evidenciaron desprecio por los valores de la democracia y de los derechos humanos  lo que contribuyó finalmente a su derrumbe, pero la emergente alternativa “mercadista”  típica del neoliberalismo económico que se impuso después, ha desembocado a fines del siglo XX en los procesos de corrupción y profunda disolución social que hoy erosionan el orden neoliberal imperante.

 

Por oposición el enfoque sistémico  propio del E.L. no es determinista pues concibe la historia como un proceso de final abierto, sin la pretensión de predecir desenlaces inexorables. Al contrario reconoce y trata de desentrañar las complejas combinaciones de conflicto y cooperación que van motorizando la dinámica de este nuevo milenio.

 

El orden internacional también es abordado sistémicamente por el E.L. a través del así denominado sistema centro periferia de relaciones internacionales. Lo específicamente original del E.L. es haber subrayado el carácter asimétrico del capitalismo internacional considerado como un sistema global. Se establece así, una diferenciación entre los centros hegemónicos que mediante el conocimiento científico-técnico detentan y ejercen el poder productivo, y las periferias subordinadas a los primeros cuya situación de dependencia, no puede ser expresada con modelos abstractos y formales y dice relación con procesos históricos específicos que serán sintetizados en la segunda parte de este ensayo. Baste decir por ahora que las nociones de desarrollo y subdesarrollo, son consideradas por el E.L. como dos caras de una misma moneda, y no como una competencia en donde todos avanzan hacia una misma meta  y los más “atrasados” señalan el camino de los más “adelantados”.

 

Esta visión es histórico-estructural porque sus interpretaciones van tomando permanentemente en cuenta las transformaciones estructurales del orden capitalista que derivan de las grandes revoluciones tecnológicas. Pero al mismo tiempo es transhistórica porque los examina siempre bajo el mismo lente: el de la distribución del cambio técnico y de sus frutos a escala mundial en el proceso evolutivo del capitalismo. Esta lectura del proceso histórico es cada día más vigente y válida a medida que la revolución de las tecnologías de la información se profundiza y acelera.

 

La visión es global desde sus propios orígenes porque la dinámica del sistema centro-periferia siempre tomó como punto de partida una lectura de alcances planetarios de los procesos de desarrollo y subdesarrollo que simultáneamente se han ido generando en el curso de la evolución histórica del capitalismo. En este sentido, quizá por sus raíces vinculadas con la fundación de la ONU, el E.L.  “descubrió” y estudió el proceso de globalización (Prebisch 1949, Ferrer 1996, 2000) mucho antes de que en el siglo XXI se incorporara como una terminología de uso común en las ciencias sociales. Podría objetarse que todos los grandes autores que estudiaron el capitalismo histórico (Marx y Engels, Werner Sombart, Max Weber, etc.) captaron este rasgo de globalidad del sistema, pero el E.L. examinó esa globalización en términos del contrapunto centro-periferia, y desde el punto de vista de las sociedades periféricas.

 

La visión es institucional y las instituciones son entendidas como reglas (técnicas y sociales) formales e informales de conducta interiorizadas en el comportamiento efectivo de los actores sociales. La noción de poder institucionalizado conecta los márgenes de maniobra individuales con las estructuras sociales. En el pensamiento del E.L. la noción de estructura social (por ejemplo en Prebisch 1981) puede definirse como el conjunto interrelacionado e interdependiente de instituciones que en cada situación específica constituyen dicha estructura. En suma las instituciones son el ámbito natural donde los actores sociales miden y ejercitan sus cuotas de poder.

 

Finalmente esta visión es multidimensional porque en sus análisis del capitalismo a escala mundial ha ido incorporando en un análisis integrado los aspectos políticos, culturales y ambientales que interactúan con los económicos propiamente dichos. Los nuevos temas del capitalismo del siglo XXI incluyen la esfera ambiental (Prebisch 1981, Sunkel y Gligo 1981) como un factor determinante del futuro de la humanidad (calentamiento global, pérdida de la diversidad de especies animales y vegetales, etc.). Paralelamente se revalorizan los aspectos culturales que además de ser en la esfera científica el fundamento objetivo del cambio técnico (Furtado 1978) afectan de manera profunda la modelación de la opinión pública (poder mediático transnacional, redes sociales, manipulación de conciencias mediante la creación de “postverdades”, etc.). Las cadenas mediáticas fuertemente concentradas y controladas por las CT afectan en grado creciente los procesos económicos y políticos Esta lectura multidimensional de la realidad se impone hoy como un camino importante para incorporar estos nuevos temas y enfrentar los graves problemas económicos que afectan a la humanidad en el siglo XXI.

 

  1. Como un conjunto de estrategias de desarrollo

El E.L. parte con una mirada global consistente en la visión centro-periferia de relaciones internacionales. A partir de ella la periferia latinoamericana fue construyendo un pensamiento propio apoyado en su identidad histórica, con fundamentos no sólo económicos sino también culturales y políticos comunes, los que hunden sus raíces hasta el momento mismo de la conquista y colonización por las potencias ibéricas. Esta identidad histórica implica un “latinoamericanismo” o un “nacionalismo latinoamericano” apoyado en el reconocimiento de aquellas raíces comunes.

 

Los pensadores del E.L. no niegan la profunda raíz judeo-greco-latina de las instituciones culturales hegemónicas ya sembradas durante el período colonial, ni las heredadas de la era prehispánica que forman la memoria histórica de los pueblos originarios. A estas herencias culturales se sumaron posteriormente las instituciones (formales e informales) del liberalismo incorporadas en la era contemporánea convirtiendo a las antiguas colonias en repúblicas políticamente independientes a partir del siglo XIX (Sunkel y Paz 1970).

 

Estas repúblicas se establecieron sobre fundamentos constitucionales asociados a la instalación de los derechos civiles (libertad, igualdad, fraternidad) promulgados a partir de las Revoluciones Francesa (1789) y Americana (1776), y recibieron también la influencia del ideario democrático popular estadounidense promulgado por Abraham Lincoln tras el triunfo de los yanquis en la guerra de secesión (gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo). Sin embargo las herencias culturales prehispánica y colonial contribuyen a explicar por qué las formas del desarrollo capitalista en los centros y en particular las ideas liberales no son plenamente trasplantables a la periferia latinoamericana. Aún en la esfera propiamente económica la condición periférica está vinculada a largo plazo, a las tipologías de economías exportadoras de productos primarios. También la fundación de ciudades y los procesos de urbanización en América Latina derivan de circunstancias históricas muy diferentes a las que imperaron en la evolución social de los centros hegemónicos donde floreció el capitalismo a partir del siglo XIX (Di Filippo 1981).

 

El conjunto de estos impactos económicos, políticos y culturales generó en América Latina segmentaciones de los tejidos sociales y profundas desigualdades a partir de las cuales el E.L. elaboró su noción de heterogeneidad estructural (H.E). En su sentido estrictamente económico, la H.E. se funda en la desigual distribución de las técnicas productivas originadas en los sucesivos centros hegemónicos (los imperios ibéricos, Gran Bretaña, Estados Unidos, y la emergente China) que han impactado desde sus mismo orígenes a las estructuras productivas regionales.

 

Esta H.E. ha estado y está apoyada socialmente en el desigual impacto social y cultural de esas sucesivas revoluciones tecnológicas sobre las sociedades latinoamericanas. Esta situación de dependencia económica, política, y cultural  implica en grado importante una falta de cultura tecnológica  en el mundo empresarial capaz de otorgar un grado mínimo de autonomía productiva a nuestras naciones.

 

La propuesta industrialista originaria (década del 50)  planteada por Prebisch desde la Secretaría de la CEPAL constituyó el rasgo medular de su estrategia de desarrollo. En ella radica la apuesta hacia el cambio estructural formulada por el E.L. Esta línea de acción fue complementada (desde los años sesenta) con recomendaciones de reformas estructurales (agrarias, tributarias, de exportación de manufacturas, planificación de las inversiones compatibles con las reglas del orden capitalista, etc.) dirigidas hacia dos objetivos fundamentales: El primero ampliar la escala y “profundidad” de los mercados nacionales para estimular el desarrollo industrial a través de una mejor distribución de la riqueza y del ingreso; y el segundo objetivo (entendido como una ética subyacente) se orientaba a promover valores de inclusión e igualdad social.

 

En este marco interpretativo la integración regional promovida desde los años sesenta, fue una estrategia crucial desde dos puntos de vista diferentes. Primero para ampliar e integrar los mercados nacionales de manufacturas, favoreciendo la formación de economías de escala en el sentido ya explicado. Y segundo para consolidar aquellos rasgos históricos, políticos y culturales, que otorgan identidad a la región, ayudando a superar, a escala latinoamericana, las mencionadas segmentaciones y heterogeneidades.

 

El E.L. apoyó y promovió las iniciativas de integración latinoamericana desde sus primeras propuestas en los años sesenta del pasado siglo. Integración no sólo de mercados sino también de naciones que apunta, al menos como ideal a construir una “patria grande” susceptible de presentarse ante el mundo como un espacio económicamente más autónomo, políticamente más democrático, y socialmente más justo. Solamente la integración de naciones hermanadas por una historia común puede garantizar la gran escala requerida para materializar ideales comunes. Estos ideales todavía hoy son una asignatura pendiente frente a la racionalidad instrumental del pensamiento neoliberal en sus diferentes versiones, apoyadas siempre en la presunta autorregulación de los mercados globales.

 

  1. PROFUNDIZACIÓN EN LA PERSPECTIVA HISTÓRICO-ESTRUCTURAL

 

Marco de referencia

Ya en el título mismo del presente ensayo se subraya la perspectiva histórica inherente al pensamiento estructuralista latinoamericano. Las ideas que siguen se ordenan con base en una periodización fundada en las oleadas tecnológicas que impactaron nuestra región, originadas en centros hegemónicos que de manera sucesiva, han dominado las transformaciones del capitalismo a escala mundial. La perspectiva aquí propuesta también permite encuadrar históricamente las corrientes de pensamiento económico que fueron acompañando el desarrollo del capitalismo incluyendo desde luego al propio estructuralismo histórico latinoamericano que en grados diferentes las interpeló, criticó, o rechazó, pero también asimiló e incorporó cuando la repetición de circunstancias históricas análogas (pero nunca idénticas porque la historia no se repite)  dio lugar a interpretaciones parcialmente análogas a las de aquellas corrientes de pensamiento históricamente previas.

 

La periodización que analizaremos en las páginas siguientes incluye: 1) Las técnicas, instituciones y procesos productivos introducidos por los conquistadores y colonizadores europeos (siglos XV al XIX); 2) Las técnicas, instituciones y procesos productivos introducidos por los centros hegemónicos (en particular gran Bretaña durante el siglo XIX); 3) Las técnicas instituciones y procesos productivos introducidos tras la segunda Revolución Industrial por Estados Unidos, el centro hegemónico, aún emergente durante la primera mitad del siglo XX; 4) Las técnicas instituciones y procesos productivos desarrollados desde la segunda guerra mundial (en particular el uso de la energía nuclear y la expansión de las manufacturas durables de consumo) durante el apogeo de la Revolución Industrial Estadounidense, que cambiaron la estructuración productiva del capitalismo y el escenario de poder mundial durante la segunda mitad del siglo XX; 5) Las técnicas instituciones y procesos productivos asociados a las tecnologías de la información, de la comunicación y el conocimiento (TIC) que están conduciendo al actual escenario multicéntrico o multipolar (con creciente gravitación de la China) en el proceso de construcción de un nuevo orden mundial.

 

En las páginas que siguen se plantea un contrapunto entre los centros hegemónicos que dominaron las sociedades latinoamericanas desde sus mismos orígenes, y la formación de las sociedades colonizadas y periféricas en nuestra región. También en este contrapunto histórico puede discernirse una secuencia causal de las principales formas del poder que han operado en el sistema de relaciones internacionales a partir de los orígenes del capitalismo: poder científico-técnico, poder productivo, poder militar, poder de mercado y poder cultural detentados por sucesivos centros hegemónicos a partir de la era moderna.

 

  1. El mercantilismo y la herencia colonial en América Latina

A través de la colonización ibérica América Latina recibió el impacto puro y duro del absolutismo político y de las formas monopólicas del mercantilismo. Los pueblos originarios conquistados incluían altas culturas urbanas económicamente excedentarias y capaces de desarrollar formas superiores de conocimiento. Sin embargo las potencias europeas controlaban ciertas formas de poder intangible (Ferrer 1996, 2000) derivadas de un conocimiento científico técnicamente aprovechable (tecnología bélica, instrumentos de navegación, etc.).

 

La colonización ibérica instaló regímenes esclavistas y serviles que involucraron no sólo a los pueblos originarios sino también a migraciones forzadas de esclavos africanos y asiáticos. Los idiomas vernáculos fueron sustituidos por los idiomas imperiales (español y portugués), los cultos religiosos ancestrales fueron suplantados por el catolicismo, la organización económica se orientó a la explotación de las riquezas exportables, y los sistemas políticos reprodujeron en lo esencial las formas predominantes del absolutismo europeo.

 

Tres situaciones coloniales básicas se gestaron: a) La explotación de metales preciosos especialmente en el área andina y la meseta central de México; b) La agricultura tropical, bajo la forma de plantaciones esclavistas en las zonas tropicales y costeras (incluidas las del imperio portugués); y c) La agropecuaria de clima templado sobre todo en el cono sur de Sudamérica, de menor importancia económica durante el período colonial.

 

Esta herencia colonial se perpetuó en la hacienda, unidad fundamental de la sociedad rural que predominó durante los cuatrocientos años que median entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XX. A diferencia de otras regiones colonizadas por Occidente durante el mismo período, (como las del cercano y lejano Oriente que mantuvieron sus idiomas, sus tradiciones ancestrales y sus creencias religiosas), en América Latina los conquistadores impusieron de manera definitiva e irreversible sus propias instituciones culturales.

 

A diferencia de América del Norte, en donde el período colonial de Estados Unidos recibió la herencia británica del pluralismo religioso, y de las instituciones económicas y políticas que iban a desembocar en la génesis del capitalismo y de la república, América Latina quedó históricamente congelada en sus instituciones coloniales incluso mucho después de su independencia política formal (Douglass North 1993). Las relaciones rurales precapitalistas o semicapitalistas estuvieron en América Latina al servicio de la construcción del capitalismo naciente en Europa, requerido de instrumentos monetarios para la expansión y consolidación de los mercados nacionales.

 

Los principales fundadores del E.L. sin ser historiadores profesionales, sin embargo fueron estudiosos e intérpretes de esos procesos históricos resumidos en párrafos anteriores, los que permiten entender muchos rasgos comunes que otorgan identidad histórica a la América Latina.

 

  1. La Revolución Industrial Británica y los economistas clásicos

A partir de la Revolución Industrial Británica (carbón, hierro, acero, máquina de vapor, ferrocarriles y barcos metálicos de vapor, etc.) emergen los puntos de partida para el estudio del capitalismo propiamente dicho y, consecuentemente del desarrollo económico.

 

La comprensión inicial de estos procesos estuvo a cargo de los trabajos de los economistas clásicos y, en particular del, así denominado  “padre de la economía política”, Adam Smith, quien asoció el crecimiento del producto social con el progreso técnico, vinculado a la división técnica del trabajo en el seno de las manufacturas. De otro lado introdujo la noción de demanda efectiva no sólo a escala local sino también proyectada al campo del mercado internacional para absorber los excedentes de oferta y estimular la productividad del trabajo, poniendo de relieve las ventajas absolutas del comercio internacional.

 

Los economistas clásicos británicos (Adam Smith, David Ricardo, Robert Malthus) develaron los rasgos estructurales del capitalismo, y los fundamentos económicos de la estructura de clases que le es inherente. También plantearon los principales problemas del valor económico, subyacente a los precios de mercado que ponderan el producto social. Lo hicieron a través de la introducción de la teoría del valor-trabajo para explicar la dinámica de los mercados tanto de productos como de factores de la producción.

 

La comprensión de la dinámica de los mercados y la determinación de los precios involucra el enorme y complejo tema de las teorías del valor económico. En el estudio de la Economía como ciencia, la expresión valor económico implica por un lado trasfondos éticos que marcan diferentes visiones de mundo y, por otro, formas de medir o cuantificar los precios y cantidades de las mercancías que se transan en los mercados.

 

Respecto de los trasfondos éticos, con el advenimiento del capitalismo contemporáneo, tras la instalación de la  Revolución Industrial Británica, fueron superadas en Europa Occidental las visiones críticas antiguas y medievales (heredadas del aristotélico tomismo) sobre el carácter pecaminoso del lucro y del interés como mecanismo para obtener ingresos.

 

Adam Smith, el padre del liberalismo económico repudió el carácter monopólico de las regulaciones estatales de la era mercantilista y planteó las virtudes del libre comercio, donde en la búsqueda del interés personal (mediante la mano invisible del mercado) el comportamiento de los participantes logra promover el bienestar y la prosperidad general. Este liberalismo económico tuvo su contrapartida en el liberalismo político a partir de las Revoluciones Políticas estadounidense (1776) y francesa (1789).

 

La escuela clásica en economía interpretó el comportamiento de los mercados a través de diferentes versiones de la teoría del valor trabajo, donde los precios de mercado guardan algún tipo de correspondencia con las cantidades de trabajo contenidas en las mercancías (Ricardo), o con la cantidad de trabajo que se puede comandar  (Smith, Malthus) a partir de la posesión de riqueza (dinero, u otros bienes pecuniariamente valorables como mercancías).

 

Las interpretaciones económicas del E.L. fueron fuertemente influidas por el liberalismo económico, en especial por la importancia que otorgó al estudio de la Revolución Industrial y a la introducción de las nociones de excedente, y ganancia pero siempre rechazó de manera categórica los dogmas liberales de la “mano invisible” y de la autorregulación de los mercados.

 

Respecto del liberalismo político, el E.L. ha subrayado el profundo contraste entre ideales y realidades históricas. En efecto, las naciones latinoamericanas nacen a la vida políticamente independiente como repúblicas, rechazando rápidamente algunas pretensiones imperiales y monárquicas de organización interna. Sin embargo los preceptos de “libertad, igualdad y fraternidad” propios de la Revolución Francesa, o los  del gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Abraham Lincoln) propios del ideario democrático-popular americano, chocaron desde el inicio de la vida política independiente con la dura realidad oligárquica latinoamericana heredada de la fase colonial y consolidada durante el siglo XIX. A través de su enfoque histórico-estructural, el E.L. puso de relieve estos agudos contrastes sociales que, en la práctica, negaron aquellos preceptos democráticos.

 

Sin perjuicio de su papel revolucionario como crítico del capitalismo y promotor de nuevos movimientos políticos, Marx puede ser estudiado como un economista clásico que adoptó una teoría del valor trabajo muy cercana a la elaborada por Ricardo. En su filosofía de la historia otorga un papel central (como punto de partida) a la Revolución Industrial, y de modo más amplio o general al desarrollo de las fuerzas productivas dentro del modo de producción capitalista.

 

También al igual que Marx el E.L. toma como principal factor dinamizador de la historia latinoamericana al progreso técnico proveniente de los centros hegemónicos desarrollados. Sin embargo en materia de relaciones internacionales Marx creía que las naciones atrasadas veían en el desarrollo del modo de producción de las naciones avanzadas el espejo de su propio futuro. Por oposición, el E.L. consideró que este alineamiento de países, siguiendo una fila donde van transicionando desde menos a  más desarrollados, no es una interpretación correcta de la historia. Para el E.L.  lo que se ha denominado “desarrollo” y “subdesarrollo” son dos caras de una misma moneda evolucionando simultáneamente en la dinámica del capitalismo global (Sunkel y Paz 1970, Furtado 1964). El E.L. mira el desarrollo capitalista desde el punto de vista de su impacto sobre nuestras sociedades periféricas y, a partir de esa mirada, construye una gran interpretación histórica de la formación socioeconómica latinoamericana.

 

Además, y a diferencia del materialismo histórico,  el estructuralismo histórico latinoamericano subraya y privilegia en alto grado el rol autónomo de los factores culturales como elemento estructurante de las sociedades latinoamericanas. El impacto de las diferentes etnias que fueron poblando la región se reflejó en las formas del arte y la cultura latinoamericana generando situaciones muy distintas a las europeas en materia de explotación humana y de estructuración social.

 

  1. La Revolución Industrial Estadounidense

La revolución industrial estadounidense está vinculada al control de la energía eléctrica (Edison, Marconi) y la energía del petróleo asociada al motor de combustión interna (Rockefeller, Ford). A lo largo del siglo XIX fue promovida por las ideas e iniciativas de la así denominada Escuela Americana de Economía: movimiento industrialista que se opuso al libre cambio que predominaba en el mundo bajo el control británico con apoyo de la escuela clásica en economía.

 

Esta corriente de pensamiento económico nace en los albores de la nación estadounidense con el Informe sobre Manufacturas redactado por Alexander Hamilton a fines del siglo XVIII. A mediados del siglo XIX este movimiento industrialista toma fuerza en Estados Unidos a través de los trabajos de Henry Carey, en favor de la protección de las industrias nacientes. También en Alemania emergen estas mismas ideas promovidas por Friedrich List quien encuentra inspiración y apoyo en los procesos que tienen lugar en Estados Unidos. Estas ideas han sido el fundamento de las corrientes nacionalistas, industrialistas, y proteccionistas desarrolladas en naciones que se incorporaron tardíamente a la expansión del capitalismo industrial en el mundo occidental.

 

Carey fue consejero económico de Abraham Lincoln y gran enemigo de los regímenes esclavistas establecidos en el sur de su país. Tras la guerra de Secesión sus ideas ayudaron a iniciar la Revolución Industrial Estadounidense que florecería con toda su fuerza a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Una vez consumada la Revolución Industrial Estadounidense, la Escuela Americana de Economía había logrado sus objetivos principales y los nuevos intereses estratégicos de los Estados Unidos, país ya competitivo a escala mundial, se alejaron del proteccionismo y empezaron a acercarse a las mismas ideas del libre cambio que previamente había combatido.

 

Friedrich List en la misma línea de la  Escuela Americana, fue un promotor de la unión de la nación alemana que se consumó con la Unión Aduanera establecida por el Canciller Bismarck. Sus ideas nacionalistas, industrialistas, e integracionistas fueron plasmadas en su obra principal Sistema Nacional de Economía Política.

 

Al igual que Carey, List contribuyó a formular los argumentos que en América Latina, retomó la corriente estructuralista, para promover el desarrollo de nuestra región (Prebisch 1949, Ferrer 1996 y 2000). En consecuencia estas corrientes de pensamiento económico son el más importante antecedente de las estrategias promovidas por la CEPAL a fines de la Segunda Guerra Mundial.

 

El surgimiento y prevalencia de los neoclásicos desde fines del siglo XIX

La teoría del valor trabajo como principal fundamento explicativo del comportamiento de los mercados y de los precios, predominó durante buena parte del siglo XIX. Sin embargo una vez consolidado el sistema económico capitalista en todo el mundo occidental, desde el último tercio de dicho siglo, fue surgiendo la escuela neoclásica de pensamiento económico en Europa (el austriaco Karl Menger desde Viena; el suizo León Walras desde Lausanne; y los británicos Stanley Jevons y Alfred Marshall desde Cambridge). Esta corriente de pensamiento originada en Europa fue asumida plenamente en Estados Unidos desde fines de la Segunda Guerra Mundial y sentó las bases de la teoría microeconómica que todavía hoy predomina académicamente en ese país.

 

Esta escuela propone una teoría específica del valor y de los precios (radicalmente diferente a la de la escuela clásica) que, por un lado se apoya en una ética específica y, por otro lado pretende cuantificar las transacciones de mercado. La teoría microeconómica dominante que hoy se enseña en las universidades latinoamericanas, salvo raras y honrosas excepciones pertenece a esta corriente de pensamiento, aggiornada con matices e ingredientes de la economía neoliberal. Todas sus premisas basadas en la autorregulación de los mercados contradicen esencialmente la visión de mundo y la epistemología del E.L.

 

Para los neoclásicos el valor de los bienes depende de su utilidad y escasez. La utilidad de un bien depende del juicio subjetivo y libre de quienes lo consumen, y su escasez depende de su oferta y su demanda en el mercado. Se presupone la vigencia de un comportamiento hedonista o utilitarista por parte de los consumidores en la elaboración de sus preferencias. Sin embargo, para rehuir el comprometedor tema de la (in)justicia distributiva la teoría neoclásica no compara interpersonalmente las desigualdades entre los niveles de utilidad o bienestar alcanzados por cada consumidor. Los consumidores son “mónadas” o micro-mundos que operan en el interior de un “mercado perfecto” y no forman parte de un sistema social más amplio. Por lo tanto el poder adquisitivo de cada consumidor no se compara con el de los otros consumidores, ignorándose el hecho de que la escasez relativa de los distintos bienes está determinada en grado importante por la distribución personal y familiar del poder adquisitivo (Di Filippo 2013).

 

Para los neoclásicos el tema de la justicia distributiva queda excluido de su corpus teórico central, pues corresponde a la economía normativa y, según ellos, la teoría económica está referida a la economía positiva. Dicho de otro modo la racionalidad instrumental microeconómica impera sobre la racionalidad moral que sería propia de la economía normativa. Milton Friedman escribió un famoso ensayo denominado Metodología de la Economía Positiva, en donde justifica la epistemología neopositivista como claramente diferenciable de los postulados de la economía normativa.

 

La epistemología neoclásica no sólo excluye los aspectos éticos de la economía normativa, sino también el estudio de los marcos históricos en que ha evolucionado el capitalismo. Por eso siendo el capitalismo una categoría cargada de historicidad la noción misma ha sido excluida de sus fundamentos teóricos básicos. Sus criterios epistemológicos se fundan en la formalización lógico-matemática a través del uso de modelos, y en la verificación empírica mediante el uso de la inferencia estadística, y en la aplicación de las correlaciones y regresiones vinculadas a relaciones funcionales específicas.

 

El institucionalismo norteamericano y su crítica de la escuela neoclásica

Poco después de la expansión de la escuela neoclásica en Europa, se desarrolló en Estados Unidos la escuela institucionalista de pensamiento económico. Para Thorstein Veblen padre fundador de esta corriente de pensamiento, las instituciones son ante todo hábitos mentales que guían el comportamiento usual de los seres humanos en sociedad. Esa habitualidad o reiteración es el rasgo esencial de la noción de instituciones, sobre el cual es posible construir la noción de relaciones sociales, fundadas en expectativas recíprocas de conducta (Max Weber). Una parte esencial de las instituciones capitalistas se apoya en el desarrollo de la tecnología productiva asociada a las sucesivas revoluciones industriales.

 

La noción de estructura social que ha utilizado el E.L. (Prebisch 1981, Furtado 1978) puede verse como un conjunto de relaciones sociales estructuradas por un trasfondo institucional que otorga previsibilidad y continuidad a los procesos sociales, y un aspecto central de este trasfondo está constituido por el cambio técnico en la esfera de los procesos económicos.

 

Existen muchos puntos de contacto entre el institucionalismo norteamericano y el E.L. La principal diferencia estriba en que el primero estudió el cambio tecnológico como una expresión de la propia dinámica de la estructura social estadounidense, en tanto que el E.L. se funda precisamente en el estudio del impacto del cambio técnico generado en los centros sobre la estructura social latinoamericana. Este impacto es un factor explicativo esencial de las segmentaciones y de la heterogeneidad estructural que caracteriza y sigue caracterizando a las sociedades latinoamericanas.

 

  1. Energía nuclear y nuevas tecnologías bélicas, keynesianismo y sociedad consumista

A fines de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron lugar cambios tecnológicos importantes en dos campos diferentes.

 

En primer lugar acontecieron cambios revolucionarios en las tecnologías bélicas cuyo control era indispensable para los países que pugnaban por la hegemonía a escala mundial.  Los países pioneros en el control de esos avances solamente han sido aquellos dotados con el suficiente poder productivo requerido, sin el cual no habrían sido ni potencias militares ni grandes centros hegemónicos del capitalismo.

 

La Segunda Guerra Mundial fue un caso paradigmático de lucha, no sólo por la supremacía bélica sino también por el control de las fuentes de energía  nuclear requerida por las nuevas armas de destrucción masiva. En 1939 Niels Bohr logró producir la fisión del uranio que libera enormes cantidades de energía. En 1942 Enrico Fermi en Princeton construyó la primera pila atómica que da lugar a la energía nuclear controlada y a la posibilidad de producir bombas atómicas. Tras las explosiones de Hiroshima y Nagasaky decididas por Estados Unidos (1945) (que terminaron abruptamente con la Segunda Guerra Mundial), también la Unión Soviética (1949), Gran Bretaña (1952), Francia (1960), y China (1964) accedieron al “club nuclear”. En 1956 Gran Bretaña inauguró la primera central nuclear como fuente de energía con fines pacíficos. Muy pronto le siguió Estados Unidos, países europeos, Japón y China. Con el shock petrolero de los años setenta las centrales nucleares se propagaron por todo el mundo desarrollado.

 

Paralelamente y también durante la Segunda Guerra Werner Von Braun diseñó los cohetes V2 con que Alemania bombardeó especialmente a Amberes y Londres, pero sin alcanzar a dotarlos con cargas nucleares. Tras la derrota de Alemania, Von Braun quedó a cargo del programa espacial de la Nasa. Muy pronto Rusia, China y otros países europeos entraron en esta competencia astronáutica.

 

En segundo lugar el fin de la Segunda Guerra Mundial fue un período de gran crecimiento económico, y de enorme diversificación en la producción de bienes de consumo, de hecho surgió el apelativo de la “sociedad de consumo de masas” que subrayó las orientaciones consumistas en las estructuras productivas en Estados Unidos y Europa. Se produjo una consolidación de sólidas clases medias en esos países donde se combinó esta expansión productiva con la provisión de bienes públicos tanto infraestructurales (caminos carreteras) como sociales (educación, salud, vivienda, previsión social, etc.). En los países europeos se instalaron democracias sociales, que asumieron la forma política de democracias parlamentarias. El período comprendido entre 1945 y 1975, ha sido considerado con términos extraordinariamente elogiosos por historiadores y economistas. Así se habló de “los treinta años gloriosos”, o “la época dorada del capitalismo”.

 

El keynesianismo que imperó durante todo este período, legitimó la intervención del Estado democrático en la Economía. Intervención que fue compatible con las reglas básicas del juego del capitalismo. Desde entonces, el aluvión de nuevos productos de consumo (durables, electrodomésticos, línea blanca, etc.) no ha cesado de fluir para alimentar la demanda agregada, tan necesaria a su vez para mantener la “prosperidad” del sistema capitalista. Esta sociedad de consumo, entendida como filosofía de vida, no ha hecho más que profundizar los mensajes hedonistas y utilitaristas de la economía neoclásica en versiones que se hicieron compatibles con la presencia dominante de la economía keynesiana en el ámbito de la macroeconomía.

 

Es en este contexto que se inició la así denominada obsolescencia programada, en donde de manera deliberada los productos son elaborados para que su duración no supere un cierto período de tiempo, con el fin de que su renovación o reabastecimiento, estimule la demanda agregada.

 

Este conjunto de procesos asociados a la energía nuclear, la astronáutica y la proliferación de los bienes durables (en particular los electrodomésticos) pueden ser considerados en parte como una nueva revolución energético-industrial y en parte como la maduración de la Segunda Revolución Industrial acontecida durante la primera mitad del siglo XX. Esta maduración sólo pudo concretarse durante el largo período de relativa paz que caracterizó la segunda mitad del siglo XX.

 

Desarrollo y subdesarrollo: la emergencia del E.L. en la postguerra

Las nociones de desarrollo y de subdesarrollo adquirieron especial relevancia política y académica  en dicho momento histórico a partir del proceso de descolonización acompañado y promovido por la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (1945).

 

Surgió entonces el estudio de las situaciones de pobreza y privación de las naciones que abandonaban su condición de colonia y entraban en el proceso de independencia política.  Este proceso histórico fue acompañado por el estudio del desarrollo y el subdesarrollo como una disciplina autónoma de la ciencia económica.

 

El orden capitalista internacional se estructuró a través del Fondo Monetario Internacional encargado de resguardar el nuevo patrón dólar-oro, y del Acuerdo General de Aranceles y Comercio destinado a promover los mercados internacionales libres y Abiertos.

 

La promoción del desarrollo económico de los países periféricos quedó a cargo del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento creado originalmente para la recuperación de Europa devastada por la guerra, pero que luego se convirtió en Banco Mundial para promover el desarrollo de las regiones pobres del mundo.

 

Desde el punto de las interpretaciones teóricas en la esfera económica, el tema del subdesarrollo y del desarrollo fue abordado desde diferentes perspectivas epistemológicas e ideológicas por autores del mundo desarrollado tales como Colin Clark, Albert Hirschman, Arthur Lewis, Gunnar Myrdal, Paul Rosenstein Rodan, Walt Whitman Rostow, Hans Singer, Jan Tinbergen, etc.

 

La fundación de las Naciones Unidas fue un paso decisivo para trascender el carácter economicista del desarrollo económico medido meramente por los incrementos del poder productivo del trabajo y del poder adquisitivo de la población. Frente a estas interpretaciones de fuerte carácter economicista-reduccionista, la ONU abriría nuevos rumbos a la reflexión sobre el desarrollo y el subdesarrollo, y a la acción en materia de políticas de desarrollo para los países pobres y periféricos del mundo.

 

Los dos temas a través de los cuales se abrieron esos nuevos campos de reflexión y de acción fueron, por un lado, el Consejo Económico y Social de la ONU que incluyó los aportes de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), y, por otro lado las agencias sectoriales (UNESCO, UNICEF, FAO, OMS, OIT, etc.) que incorporaron y propagaron la filosofía de la Declaración Universal de los Derechos Humanos fortaleciendo los derechos económicos, sociales y culturales, fuertemente asociados a una forma más amplia y profunda de concebir el desarrollo.

 

Las políticas de desarrollo para América Latina propuestas por CEPAL en la postguerra

Fue en ese momento cuando tuvieron lugar las contribuciones iniciales del estructuralismo latinoamericano (integrado por autores como Raúl Prebisch, Celso Furtado, Osvaldo Sunkel, Aníbal Pinto, y Aldo Ferrer). Esta escuela de pensamiento establecida al alero de la CEPAL-ONU para estudiar los rasgos específicos del desarrollo y el subdesarrollo bajo las condiciones del capitalismo periférico, formuló una importante perspectiva histórica de interpretación de las sociedades latinoamericanas desde el momento mismo de su conquista y colonización por parte de las potencias ibéricas.

 

Un rasgo específico del pensamiento latinoamericano en esta esfera, ha sido la incorporación de las nociones de poder asociadas a situaciones de dominación y dependencia social. Estas nociones se vinculan naturalmente con los temas de la justicia social entendida como una proyección de este pensamiento al ámbito sociopolítico y cultural. A medida que la noción de desarrollo se tornó multidimensional, el tema de la justicia distributiva, ha dejado de circunscribirse a la esfera económica, y comenzó a plantearse de manera multidimensional: económica, cultural, política e incluso ambiental.

 

El auge del estructuralismo histórico latinoamericano tuvo lugar durante la postguerra (1945-1970), coincidiendo con el desarrollo en los países centrales de la teoría macroeconómica keynesiana, que  dotó a los estados nacionales con importantes elementos de política monetaria y fiscal para regular el funcionamiento del capitalismo en sociedades democráticas.

 

Dos fueron las contribuciones principales del estructuralismo histórico latinoamericano a los temas del subdesarrollo. En primer lugar su visión del sistema centro-periferia de relaciones económicas internacionales originado en los trabajos personales e institucionales que Raúl Prebisch elaboró en la CEPAL/ONU. Bajo esta visión los centros eran las potencias hegemónicas detentadoras del poder científico-técnico, del poder productivo, del poder de mercado (productividad-competitividad) y del poder normativo a escala mundial. De otro lado las periferias carentes de esos poderes quedaban subordinadas (dependientes) de los hegemónicos de turno.

 

Este planteamiento fundacional se formuló con una metodología que le permitió una interpretación histórico-estructural de las principales fases de la formación de las economías latinoamericanas siguiendo criterios de periodización bastante similares a los adoptados en el presente ensayo. A esta interpretación, apoyada en la gran visión formulada por Prebisch, contribuyeron sobre todo Osvaldo Sunkel y Pedro Paz (1970), Celso Furtado (1969), Aldo Ferrer (1996, 2000, 2012), y Anibal Pinto (1965).

 

En segundo lugar el estructuralismo histórico latinoamericano elaboró estrategias de desarrollo económico que de manera esquemática han sido etiquetadas como « desarrollismo cepalino », el que implicó políticas y estrategias que tuvieron una enorme influencia en las naciones latinoamericanas durante el período 1950-1975, cronológicamente coincidente con el afianzamiento del Keynesianismo en los países hegemónicos occidentales.

 

El enfoque estructuralista-histórico latinoamericano fue probablemente el primero que desde su propio punto de partida examinó la relación desarrollo-subdesarrollo en términos globales en el marco de la visión centro-periferia adoptada por  Raúl Prebisch en CEPAL  y dio lugar a diagnósticos como la heterogeneidad estructural (Di Filippo 1981, Pinto 1965), y a estrategias específicas, recomendadas a los gobiernos de América Latina. Estas recomendaciones fueron de vasta aplicación en nuestra región, e incluyeron propuestas tales como: i) la industrialización por sustitución de importaciones, protegida por el estado (década de los cincuenta); ii) las reformas estructurales, fiscales y agrarias (década de los sesenta) orientadas a redistribuir la riqueza y los ingresos; iii) la planificación del desarrollo compatible con el funcionamiento de sociedades democráticas (década de los sesenta), y iv) la integración regional (desde los años sesenta en adelante). El período cubierto por estas políticas (1945-1975) fue el más dinámico en la historia del capitalismo occidental tanto en los centros como en la periferia latinoamericana. Las tasas de expansión económica solo fueron superadas a partir de los años setenta por las economías asiáticas.

 

  1. Revolución de las TIC y capitalismo neoliberal desde los años 70 en adelante

 

La importancia de seguir considerando el capitalismo como marco referencial de los estudios sobre el desarrollo económico,  se puso nuevamente de relieve a mediados de los años setenta, cuando empiezan a surgir nuevos procesos que inician una nueva era en la historia de la humanidad. El capitalismo sigue siendo el eje sistémico que otorga racionalidad instrumental al desarrollo económico actual. Pero esa racionalidad instrumental tiene un sentido puramente microeconómico en la conducta de las CT. A escala macro el proceso de desarrollo incluye una racionalidad moral que se enraíza en la acción política de los Estados Democráticos.

 

El capitalismo neoliberal se apoya fundamentalmente en aquella racionalidad instrumental de naturaleza microeconómica erosionando y negando los avances sociales alcanzados por los Estados Democráticos del período de postguerra. Sin embargo la comprensión de los problemas futuros del desarrollo exigirá primero una mirada multidimensional y, segundo un retorno a la racionalidad política de los Estados Democráticos.

 

Los procesos históricos acontecidos desde los años setenta que han modificado el escenario mundial son esencialmente los siguientes: a) el surgimiento de las tecnologías de la información, la comunicación y el conocimiento (TIC), b) la agudización de los problemas ambientales a escala planetaria y la toma de conciencia de su gravedad (Club de Roma 1968), c) la creciente interdependencia y transnacionalización de la economía mundial, d) la emergencia de los países asiáticos (en particular la China) como potencias económicas en ascenso, e) la posición hegemónica de las corporaciones transnacionales en la fase neoliberal del capitalismo globalizado

 

En el campo de las ideas se produjo la decadencia del keynesianismo como fundamento de las políticas de regulación y crecimiento en el mundo desarrollado y su creciente reemplazo por las políticas monetaristas de crecimiento que terminaron conduciendo a la instalación de la economía política neoliberal. Ese proceso incluyó la “Revolución Conservadora” a comienzos de los años ochenta, y la creciente vigencia de las reglas del así denominado “Consenso de Washington” (1989).

 

En el comienzo de este nuevo milenio, se produjeron nuevos eventos que  están conduciendo a posiciones contestatarias y cada vez más críticas del modelo neoliberal  Entre otros acontecimientos que marcan una divisoria de aguas a partir de este nuevo milenio, están los problemas civilizatorios y culturales anticipados por Huntington en su libro El Choque de Civilizaciones y que tuvieron una abrupta y violenta concreción en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York en un estilo de terrorismo inédito hasta ese momento histórico.

 

En Estados Unidos y Europa en lo que va corrido del siglo XXI se han ido gestando movimientos de protesta contra la creciente desigualdad social y el progresivo desmantelamiento del Estado Social (Piketty 2014), cuyos mecanismos institucionales protegían los derechos económicos, sociales y culturales de sus ciudadanos.

 

En América Latina el inicio del siglo XXI presenció un viraje de los sistema políticos vigentes, hacia formas que buscaban revertir los rasgos neoliberales (o ultraliberales) del “mercadismo extremo”, como filosofía de vida y vía de desarrollo. En el ámbito sudamericano los gobiernos de Lula Da Silva en Brasil, de los esposos Kirchner en Argentina, de  Hugo Chávez en Venezuela, de  Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador, y de José Mujica en Uruguay,  iniciaron nuevas estrategias para la comprensión del subdesarrollo latinoamericano y la promoción de políticas de desarrollo, que han sido bautizadas con denominaciones ideológicamente cargadas como las (favorables) de “socialismo del siglo XXI” o “democracias nacionales y populares”, u otras (desfavorables) de “populismo”, “demagogia”, “personalismos”, “autoritarismos”, etc.

 

Desde una perspectiva económica estos regímenes debieron asumir y reconocer sus situaciones de aguda dependencia derivadas del carácter periférico (exportador de productos primarios e importador de insumos y equipos industriales) de los aparatos productivos, especialmente en Sudamérica. En este sentido los diagnósticos estructuralistas aplicados a estos países en este período siguen siendo tan válidos hoy como cuando fueron formulados a fines de la Segunda Guerra Mundial. Dadas estas estructuras productivas, heredadas ya desde la época colonial, y continuadas durante el período de vida independiente, estos modelos contestatarios no descubrieron ni aplicaron nada nuevo cuando intentaron utilizar los excedentes de exportación originados en la explotación de recursos naturales (cobre, estaño, petróleo, gas natural, etc.) para promover medidas de protección social y de redistribución progresiva del ingreso. Pudieron hacerlo plenamente mientras la bonanza en los precios de las commodities (productos primarios) lo permitió, aprovechando el vertiginoso crecimiento de la economía de China gran demandante de esos productos en el período. Sin embargo con la  desaceleración de la economía de China en el segundo decenio de este siglo volvieron a surgir las segmentaciones y carencias de sus estructuras productivas periféricas, agravadas por el aislamiento recíproco de sus naciones en materia de lazos comerciales y de inversión. Sin embargo el espíritu integracionista de estos regímenes se tradujo en la fundación de esquemas de integración dando lugar a la formación de nuevos organismo como el UNASUR el ALBA y el CELAC. Se revelo en este esfuerzo integrador esa perspectiva que hemos denominado latinoamericanismo o alternativamente nacionalismo latinoamericano.

 

A partir de 2015 comenzó a tambalearse la viabilidad político-social de estas experiencias históricas, sobre todo como consecuencia de los procesos de déficits y de endeudamiento público y privado. Las estrategias redistributivas se tornaron insostenibles para economías cuya base primario exportadora era demasiado frágil, y dependiente de los ciclos industriales de los países hegemónicos (preexistentes y emergentes). En suma, se careció del poder productivo necesario para promover un crecimiento económico estable y diversificado a largo plazo.

 

Además, es necesario registrar y reconocer un hecho cultural: estos regímenes no lograron sustraerse a la era generalizada de corrupción que compromete a los líderes políticos con el gran capital a escala mundial. Se trata de un movimiento transversal de alcance mundial que compromete y salpica a personalidades políticas de todas las tendencias ideológicas (Di Filippo 2016).

 

Una de las consecuencias de la oleada de especulación cortoplacista y de corrupción agudizada desde comienzos de este siglo ha sido la gran crisis recesiva del 2008, que ha seguido golpeando hasta hoy el funcionamiento de la economía mundial. Estos hechos vuelven a demostrar una vez más que el tema del desarrollo no puede encerrarse en los estrechos límites de la racionalidad instrumental capitalista, y mucho menos en la más estrecha racionalidad cortoplacista del capital financiero que hoy controla de manera creciente los procesos políticos de las principales naciones de Occidente.

 

  1. Una interpretación estructuralista de la crisis mundial y latinoamericana en el siglo XXI

La, así denominada, financierización del capitalismo occidental, encuentra su raíz estructural, en la incapacidad de las potencias occidentales para competir contra la veloz y abrumadora expansión de la productividad asiática. El proceso de desindustrialización de las potencias occidentales tuvo su inicio en una “fuga de empresas” transnacionales estadounidenses y europeas hacia las zonas francas procesadoras de exportaciones industriales donde existen fuertes franquicias tributarias, laborales, energéticas, etc. Es en el marco de esta mutación estructural como comenzó a expandirse el financierismo neoliberal en las principales economías de Occidente. Para eludir las exigencias fiscales, laborales, ambientales, etc., del estado social europeo, las grandes CT prefieren la economía política monetarista transnacional no sujeta a los límites nacionales de las regulaciones fiscales propias de la era keynesiana.

 

Las reglas de juego del neoliberalismo gestado,  propagado y sostenido inicialmente por el Banco Central de Estados Unidos (la “FED”) desde fines de los años ochenta del siglo pasado a partir de la conducción de Alan Greenspan, se fundó en una permisividad que fue el punto de partida de la instalación del nuevo orden financiero transnacional.  Diez años después ese nuevo orden llevó a la mayor recesión sufrida por el capitalismo desde la crisis de los años treinta.

 

También al inicio de este nuevo siglo, las políticas monetarias del BCE, han implantado mecanismos financieristas de dominación de carácter transnacional, vinculados a reglas de juego provenientes de organismos no controlados suficientemente por las autoridades estatales de los países miembros como el Banco de Pagos Internacionales. Se ha logrado así una meta estratégica esencial para este nuevo orden: la desvinculación de las políticas monetarias de los bancos centrales respecto del control de las autoridades económica nacionales, y el relajamiento de las normas regulatorias aplicadas a la gran Banca Transnacional de inversiones (Di Filippo 2013).

 

El nuevo orden financiero transnacional se apoyó, además en el surgimiento y/o consolidación de las agencias clasificadoras de riesgo, que evalúan la fiabilidad crediticia de las naciones más endeudadas de Europa (Grecia, Italia, España, etc.) e incluso “califican” (le ponen notas) a las mayores potencias capitalistas incluidos los Estados Unidos. Este nuevo orden, por supuesto está asimismo integrado por los paraísos fiscales y financieros, donde se lava el dinero negro proveniente de las evasiones y elusiones impositivas originadas en el crimen organizado (narcotráfico, trata de migrantes, de mujeres y de niños que se prostituyen, etc.) que hoy golpean muy especialmente a las tres economías más grandes de América Latina.

 

Este ordenamiento financiero transnacional se apoya en la ideología de la autorregulación y el libre cambio y, a través del mecanismo del endeudamiento, subordina y controla la política fiscal de los países más endeudados.

 

Desde la perspectiva de la visión centro-periferia, y más allá de la evolución de sus sistemas políticos, económicos y culturales internos, todas las naciones que han alcanzado hegemonía global del orden capitalista a partir del siglo XIX  han terminado predicando el libre cambio como ideal de las relaciones económicas internacionales. Pero por supuesto lo han hecho después que han conseguido el poder productivo propio, entendido como fundamento de sus poderes militares y de mercado. Hasta China la nueva potencia emergente  (con un sistema económico capitalista sui generis y un sistema político no democrático) se ha convertido, sorprendentemente, en un líder del libre mercado mundial, especialmente frente a las tendencias proteccionistas y nacionalistas que han estado surgiendo en Estados Unidos y Europa gestores y pioneros del capitalismo y la democracia occidental. Sin embargo antes de adherirse al libre cambio mundial no sólo China sino varios de los emergentes asiáticos han logrado, desarrollar su poder productivo autónomo controlando internamente el acceso a sus mercados de capitales, de bienes y de servicios, para proyectarse competitivamente a la conquista del mercado mundial. Estos procesos deben ser estudiados cuidadosa y desprejuiciadamente dentro de la corriente estructuralista de pensamiento económico.

 

Para usar una terminología popularizada por Aldo Ferrer (1996, 2000) la precondición para lograr un poder no sólo “tangible” (magnitud de territorio y población) sino también “intangible” (control de la ciencia y de la tecnología al servicio de un poder productivo nacionalmente controlado) requerirá, cada vez más, la estrategia de la integración multidimensional de naciones, que se planteó en América Latina ya desde la época de Simón Bolívar como destino común de la región. Vivimos en la época de los megamercados y solamente grandes bloques políticos y económicos pueden confrontarse entre sí con alguna perspectiva de éxito en el mundo multipolar o multicéntrico que ya se está configurando a escala planetaria.

 

Sin embargo el control nacional de los procesos tecnológicos y productivos internos predicado por el E.L. no debe confundirse con los exabruptos nacionalistas extremos actuales que surgen en el mundo occidental. Estos movimientos de ideología profundamente conservadora autoritaria y xenófoba han dado lugar a políticas autodestructivas como las que hoy enfrentan Gran Bretaña con el Brexit y otros países de Europa continental que buscan desligarse de la Unión Europea (UE), olvidando los enormes beneficios derivados de ese gran proyecto estratégico de postguerra que salvó a Europa de la fragmentación y de la irrelevancia.

 

La disconformidad social y las profundas crisis recesivas experimentadas hoy en la UE no brotan de su proceso de integración que ha sido extraordinariamente exitoso como paradigma de lo que debe entenderse por integración multidimensional. La crisis que hoy enfrenta el proyecto europeo es atribuible a dos factores. El primero es la “invasión”, a través del Mar Mediterráneo, de masas migratorias provenientes de países del Oriente Medio devastados por las guerras desatadas a partir de la caída de las  Torres Gemelas de Nueva York. El segundo factor disolvente ha sido la consolidación del sistema económico neoliberal a partir de la instalación del Euro en la UE a comienzos de este siglo, antes de haber logrado la integración fiscal de sus economías.

 

Mirando hacia el futuro del capitalismo del siglo XXI es posible imaginar al menos dos escenarios alternativos.

 

El primer escenario evoca los procesos apocalípticos que condujeron a la catastrófica Segunda Guerra Mundial, que fue una “solución” política  a las condiciones recesivas derivadas para Estados Unidos de la gran crisis de los años treinta y para Alemania de las gravosas deudas por reparaciones de la Primera Guerra Mundial. Hoy el escenario mundial es políticamente muy distinto al de aquel momento histórico, pero el escenario económico augura graves riesgos de recesión y desempleo derivados del propio avance técnico (robotización, industrialización 4-0) y de escasez en la provisión de elementos vitales para la sobrevivencia humana producidos por la crisis ambiental.

 

El segundo escenario sería un reacomodamiento del orden capitalista derivado de la presencia de nuevos polos o centros productivos (en particular China y, detrás de ella India) de alcance planetario. En un orden mundial regido por los principios de la ONU (preservación de la paz, de la negociación internacional, del respeto a la autodeterminación de los pueblos, de la consolidación de los regímenes democráticos, etc.), Estados Unidos y Europa cederían espacio a las nuevas potencias dando lugar a nuevas reglas de juego que trasciendan las que se implantaron al fin de la Segunda Guerra Mundial.

 

Entonces el mundo se reorganizaría sobre bases multipolares (o, si se quiere multicéntricas) en un nuevo orden regulado desde la ONU. Desde el punto de vista del ideario propio del E.L., este segundo escenario otorgaría nueva relevancia a los ideales integracionistas latinoamericanos.

 

Respecto de los riesgos de que el mundo se hunda en el primer escenario, es necesario volver al tema de los nacionalismos  xenofóbicos, los conflictos culturales de raíz religiosa y otras formas de choque de civilizaciones al estilo anticipado por Huntington. En este mundo de grandes bloques económicos, como los que están constituyendo Rusia, India y China, la fragmentación de Europa sería realmente suicida para los valores de la cultura occidental.

 

Sin embargo una cosa es la derrota de los movimientos nacionalistas de tipo xenófobo, y otra muy distinta es la continuación del triunfo de movimientos políticos igualmente extremistas alineados con el programa neoliberal. Aquí solamente se afirma que el nacionalismo es el mayor peligro de origen político en el corto plazo mientras dure el masivo éxodo de árabes y africanos hacia Europa.

 

La integración latinoamericana (no la unidimensional de mercados solamente, sino la multidimensional de naciones) sigue siendo la asignatura pendiente y el punto de partida de cualquier estrategia de desarrollo futura. (Di Filippo 2013). El avance hacia formas superiores de supranacionalidad (transitando desde los tratados de libre comercio, a las uniones aduaneros, a los mercados comunes, y a las uniones económicas en el camino hacia el ideal de una unión política) puede ser una utopía realizable al menos en el ámbito de Sudamérica en el marco del segundo escenario planteado más arriba.

 

La prosecución de este ideal exige partir de la creciente armonización y unificación de los presupuestos fiscales nacionales, bajo control de gobiernos nacionales democráticamente elegidos. El orden monetario no puede estar subordinado a los dictados financieros de bancos centrales que no respondan al poder político democráticamente constituido.

 

Desde el ideario integracionista elaborado por el E.L. la búsqueda de los objetivos anteriores al menos para Sudamérica, exigiría mutaciones estructurales importantes respecto del carácter primario exportador de sus economías nacionales, buscando formas más autónomas de desarrollar a escala subregional un poder productivo de base industrial. La conquista de estas metas supone el desarrollo de un empresariado con capacidad de emprendimiento que no fugue sus capitales al exterior ni cifre sus ganancias en actividades puramente especulativas y rentísticas.

El ideal de la integración latinoamericana sigue hoy más válido que nunca. Este tipo de proyectos regionales o subregionales orientados a la diversificación del poder productivo conjunto, implica la coordinación y armonización de: i) estándares y normas técnicas, fitosanitarias, etc., ii) planes de estudio de las universidades; iii) otorgamiento de diplomas y certificados de validez subregional en la esfera tecnológica; iv) las regulaciones, migratorias, laborales y previsionales  y otros temas afines. Muchas de estas acciones preparatorias ya han sido abordadas en profundidad, al menos para Sudamérica, por grupos de trabajo creados en MERCOSUR y en la CAN (Di Filippo y Franco 1997, 2000).

 

Este ideario integracionista no puede llevarse a la práctica a escala nacional, ni exclusivamente a través de medidas burocrático-administrativas. Su promoción exige el desarrollo de una conciencia social fruto de la acción de movimientos políticos transversales que levanten plataformas regionales concertadas para la construcción de una cultura compartida de avance hacia una integración multidimensional al servicio de la ciudadanía y no de las grandes CT.

 

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EL ESTRUCTURALISMO LATINOAMERICANO VALIDEZ Y VIGENCIA EN EL SIGLO XXI

Armando Di Filippo

 

Conferencia dictada sucesivamente en las Facultades de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y de Ciencias Económicas de la Universidad de Rosario, en noviembre del 2016. Publicada en la Revista Entrelíneas de la Política Económica, Año 10, número 48; Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

  1. INTRODUCCIÓN:

América Latina no es una mera agrupación arbitraria de países bajo un rótulo común. Tampoco es una construcción intelectual imaginada en los escritorios de algunos científicos sociales como ha sido el caso con la mayoría de los modelos básicos desarrollados por la teoría económica neoclásica. Lejos de ello, la denominación alude a un conjunto de sociedades realmente existentes, las que revelan ciertas regularidades que son históricamente compartidas por todas ellas. El estructuralismo latinoamericano (E.L.) es una corriente de pensamiento que ha venido estudiando estas regularidades mediante un enfoque que ha dado en denominarse histórico-estructural.  En esta exposición sostendremos la validez y vigencia de estas ideas para comprender los desafíos que enfrenta América Latina en el siglo XXI.

En el marco de este planteamiento, examinaremos el E.L. desde las siguientes perspectivas:

  • Como una visión de mundo que expresa una cierta filosofía de la historia y del cambio social.
  • Como una teoría económica con rasgos propios que, por un lado, se apoya, y, por otro lado, interpela y cuestiona las principales corrientes de pensamiento económico establecidas en la vida académica occidental.
  • Como una economía política que vincula la noción de desarrollo con las nociones de poder a través de una consideración explícita del papel del estado-nación.
  • Como un conjunto de políticas de desarrollo que no han perdido validez para las condiciones específicas de América Latina con especial referencia a Sudamérica.

 

  1. EL ESTRUCTURALISMO COMO VISIÓN DEL MUNDO Y DE LA HISTORIA

El E.L. recibe influencias del historicismo, del nacionalismo, del marxismo, del institucionalismo y del liberalismo “clásico”.

No es que los autores estructuralistas hayan adherido explícitamente a estas corrientes; pero las visiones del mundo y de la historia del E.L. contienen claramente elementos comunes que también están presentes en aquellas escuelas de pensamiento. Nótese que el E.L. tampoco es una combinación ecléctica de estas diferentes visiones sino que el estudio de la realidad histórica latinoamericana es el que conduce a interpretaciones en ciertos aspectos análogas a otras preexistentes en las ciencias sociales de occidente.

Historicismo: La relación con los autores de la escuela histórica alemana es obvia e inmediata por la importancia decisiva que el estudio de la historia posee para los estructuralistas latinoamericanos. Aparte de las ideas de Friedrich List considerado como uno de los fundadores de la escuela histórica alemana (que serán comentadas más adelante), uno de los miembros más destacados de la nueva escuela histórica alemana ha sido sin duda Max  Weber quien estudió en profundidad la noción histórica y estructural de “capitalismo” y de su “espíritu” (sus fundamentos ético-culturales). Otro autor importante de esta escuela, Werner Sombart consolidó la noción de capitalismo como una categoría histórica esencial para la comprensión de los procesos económicos contemporáneos.

Todos los autores principales del E.L. (Prebisch, Furtado, Sunkel, Ferrer, Pinto) han usado la noción de capitalismo como categoría histórica imprescindible para entender las sociedades occidentales contemporáneas. Por oposición, la teoría  económica académica neopositivista, caracterizada por un abordaje ahistórico, ha rechazado permanentemente el uso de esta noción como herramienta central de conocimiento.

Nacionalismo: Tanto el historicismo como el nacionalismo (vinculados recíprocamente entre sí) influyeron en el enfoque del E.L. En particular, hay enorme afinidad con las ideas de Friedrich List quien no solamente aparece como uno de los padres fundadores del historicismo, sino también como un importante cultor de lo que él mismo denominó el “sistema nacional de economía política” (1856), subrayando un nacionalismo económico por oposición a las visiones económicas liberales de la época. Las implicaciones de política pública que de allí derivan serán comentadas más adelante.

El E.L. ha cultivado lo que podríamos denominar un “nacionalismo latinoamericano” o “latinoamericanismo”. Detrás de esta noción hay una defensa de la idea de liberación contra las estructuras de dominación que desde la fase colonial fragmentaron la región para someterla a los intereses de los centros hegemónicos. En América Latina la integración ha sido una idea fuerza que se remonta a los albores de la vida independiente y entronca con las ideas de Simón Bolívar. Esta posición es un componente esencial de los autores que dieron vida al E.L. no sólo en la esfera de la economía política “desarrollista”  (integración de mercados y estructuras productivas) sino también en la búsqueda de una integración de naciones incluyendo las dimensiones política y cultural. La meta planteada desde un inicio fue alcanzar un mercado común que incluyera todos los factores productivos, incluyendo desde luego la fuerza de trabajo lo que implica necesariamente el abordaje gradual de instituciones políticas y sociales.

Marxismo: Del marxismo el E.L. rescató parcialmente la filosofía de la historia que privilegia  al desarrollo de las fuerzas productivas (progreso técnico en lenguaje del E.L.) como su gran mecanismo transformador.

A diferencia del marxismo originario, el E.L. no  propugna una ruptura irreversible del orden capitalista burgués, sino que examina un proceso transformador reformista, donde no es la lucha de clases un proceso que culmine inexorablemente en la aniquilación del capitalismo. El E.L. ha develado y estudiado una pugna distributiva estructuralmente más compleja y heterogénea, poniendo sus esperanzas y expectativas en un proceso que favorezca a largo plazo la democratización social (Prebisch 1981).

Además, la lectura histórica de la formación social de América Latina se encuadra para los estructuralistas latinoamericanos en el sistema centro-periferia de relaciones internacionales. Marx refiriéndose a la India subordinada en el siglo XIX al Imperio Británico, había afirmado en alguna ocasión que los países subdesarrollados encuentran en los más desarrollados el espejo de su futuro. El E.L. considera que este alineamiento de países, siguiendo una fila donde van transicionando desde menos a  más desarrollados, no es una interpretación correcta de la historia. Por oposición,  lo que se ha denominado “desarrollo” y “subdesarrollo” son dos caras de una misma moneda evolucionando simultáneamente en la dinámica del capitalismo global. El E.L. mira el desarrollo capitalista desde el punto de vista de su impacto sobre nuestras sociedades periféricas y, a partir de esa mirada, construye una gran interpretación histórica de la formación socioeconómica latinoamericana.

Cabe insistir en que el E.L. subraya y privilegia en alto grado el rol de los factores culturales como elemento estructurante de las sociedades latinoamericanas. Al respecto basta con recordar la noción de creatividad cultural profundizada por Celso Furtado uno de los padres fundadores del estructuralismo latinoamericano. No es casual que Furtado haya ocupado el cargo de Ministro de Cultura en el gobierno de Brasil. Las aportaciones de Furtado al respecto establecen conexiones significativas y profundas entre las nociones de progreso técnico y creatividad cultural (Furtado 1978).  Así, para los estructuralistas latinoamericanos la noción de desarrollo que cultivan no se agota, ni mucho menos, en las fuerzas productivas referidas al ámbito económico, sino que abarca las dimensiones culturales.

Desde otro ángulo, en América Latina hay un vínculo obvio entre el tema cultural y las diferentes etnias que a lo largo de su historia han ido poblando América Latina (sociedades prehispánicas, colonización europea, internación de esclavos africanos y asiáticos).  Este sólo dato histórico-cultural es suficiente para entender por qué los modos de producción originados en el desarrollo histórico europeo no son mecánicamente trasplantables a la realidad latinoamericana.

Institucionalismo: De los institucionalistas estadounidenses (en particular Thorstein Veblen y John Commons) los estructuralistas latinoamericanos rescatan la noción de instituciones y la integran con la noción de estructuras. Si bien es cierto que el uso del término instituciones no es tan frecuente en el discurso estructuralista latinoamericano como lo fue en el institucionalismo estadounidense, el mismo está implícitamente presente en el meollo de la noción de estructura social que los estructuralistas efectivamente utilizan y que es de naturaleza multidimensional (no sólo económica sino también política y cultural). Así, la noción de estructura social  examinada por el E.L. es históricamente dinámica, se asocia a las nociones de poder y dominación e incluye una acepción multidimensional de la idea de institución (Prebisch 1981, Furtado 1978, Sunkel 1989).

Liberalismo clásico: El liberalismo en sus versiones originarias está implícitamente presente en el E.L. con sus vertientes económica y política en la medida que las versiones periféricas, tanto del capitalismo como de la democracia, han moldeado históricamente el desarrollo de América Latina.

Respecto del liberalismo económico el E.L. recibió influencias teóricas asociadas a la importancia que otorgó al estudio de la Revolución Industrial y a la introducción de las nociones de excedente, y ganancia (sobre todo en Adam Smith), pero siempre rechazó de manera categórica los dogmas liberales de la “mano invisible” y la autorregulación de los mercados.

Respecto del liberalismo político, el E.L. ha marcado el profundo contraste entre ideales y realidades históricas. En efecto, las naciones latinoamericanas nacen a la vida independiente como repúblicas, rechazando rápidamente algunas pretensiones imperiales y monárquicas de organización interna. Sin embargo los preceptos de “libertad, igualdad y fraternidad” propios de la Revolución Francesa, o los  del gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Abraham Lincoln) propios del ideario democrático-popular americano, chocaron desde el inicio de la vida política independiente con la dura realidad oligárquica latinoamericana heredada de la fase colonial y consolidada durante el siglo XIX. El E.L. puso de relieve estos agudos contrastes sociales que, en la práctica, negaron aquellos preceptos democráticos.

Desde mediados del siglo XX, los pensadores del E.L. se aglutinaron y articularon en torno a las ideas de la Comisión Económica para América Latina, organismo integrante de la Organización de las Naciones Unidas (CEPAL-ONU). En este marco institucional absorbieron sus principios y preceptos en favor de la paz, de la cooperación y la negociación internacional, encabezando la lucha contra el subdesarrollo y en favor de los derechos humanos.

En esta segunda versión del liberalismo occidental las ideas más individualistas de la democracia liberal heredada de fines del siglo XVIII, derivaron en la postguerra hacia nuevas formas más “sociales” de democracia en las que, sin perder su rasgo distintivo que es la defensa de los derechos humanos, agregaron toda otra serie de derechos económicos sociales y culturales, que transformaron profundamente los sistemas políticos de Europa Occidental. Este énfasis en los derechos sociales también fue –involuntariamente-  empujado por la Unión Soviética que con su mera presencia desafiaba la existencia misma del capitalismo. Esta versión más “social” de las ideas liberales se pone claramente de manifiesto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada en San Francisco (1948) en el marco de la fundación de la ONU.

El Consejo Económico y Social de la ONU fue uno de los mecanismos institucionales a través de los cuales se promovió el apoyo a los países sometidos a instituciones colonialistas o neocolonialistas. La CEPAL formó parte de ese mecanismo de apoyo constituyéndose en un foro de pensamiento donde se gestaron las primeras ideas e iniciativas que conducirían hacia el E.L.

Recapitulación del método histórico-estructural: Los padres fundadores del E.L. registraron el impacto de los poblamientos humanos, de las tecnologías y de las instituciones provenientes de los centros (coloniales y capitalistas) hegemónicos en la conformación de las estructuras periféricas de América Latina.

Entre los trabajos pioneros de encuadramiento histórico  a escala nacional cabe citar los de Celso Furtado (1959), Aldo Ferrer (1963) y Aníbal Pinto (1959).  Todos ellos se enmarcaron en la gran perspectiva histórica del Sistema Centro-Periferia propuesto por Raúl Prebisch desde CEPAL (1949). A escala latinoamericana, Osvaldo Sunkel y Pedro Paz (1970) elaboraron un intento de interpretación histórica del subdesarrollo. También Celso Furtado (1970)  rescató aquella visión para su propia interpretación de la formación latinoamericana (1970).

Todos estos estudios y muchos otros, dieron sustancia y contenidos concretos al enfoque histórico- estructural. En ellos se registran las estructuras sociales rurales con sus haciendas y plantaciones basadas en regímenes laborales serviles y esclavistas. Estos estudios aclararon las condiciones económicas, étnicas y culturales del poblamiento de la región a lo largo del período colonial, junto con las estructuras de dominación derivadas del choque entre las nuevas corrientes demográficas y los pueblos originarios.

El E.L. estudió esta herencia de dominación colonialista,  que continuó bajo formas neocoloniales a partir del siglo XIX. Con la independencia política se instaló y consolidó el capitalismo periférico en América Latina, encuadrando en un marco interpretativo común a las tipologías formuladas por la corriente estructuralista, aplicadas a economías primario- exportadoras: mineras, agropecuarias de clima templado, y agrícolas de clima tropical que, hasta hoy, siguen caracterizando el orden económico latinoamericano. La introducción en América Latina del cambio técnico proveniente de las potencias colonialistas se efectuó en tanto y en cuanto fuera funcional a los intereses de los centros hegemónicos, generando la coexistencia de formas productivas, relaciones sociales y mecanismos de dominación que, de manera conjunta, fueron estudiados a través de la noción de heterogeneidad estructural (Anibal Pinto 1965, 1991, Di Filippo 1981) cultivada en muchos trabajos interpretativos de los pensadores estructuralistas.

El E.L. es la matriz conceptual original, de naturaleza económica, en que se ha ido gestando una Escuela Latinoamericana del Desarrollo (ELD) que abarcó las especificidades culturales y políticas de nuestras sociedades. Todos los autores que contribuyeron a conformar la E.L.D (José Medina Echavarría, Fernando H. Cardoso y  Enzo Faletto, Aníbal Quijano, Rodolfo Stavenhagen, Pablo González Casanova, Gino Germani, etc.) tomaron explícitamente en cuenta el enfoque fundacional del E.L. (Di Filippo 2007)

  • EL ESTRUCTURALISMO LATINOAMERICANO COMO TEORÍA ECONÓMICA

En esta sección consideraremos dos temas: En primer lugar las condiciones epistemológicas de las formalizaciones teóricas -incluyendo su expresión matemática- desarrolladas por el E.L. y, en segundo lugar, las teorías del valor y de la distribución orientadas a explicar los precios de mercado.

Epistemología: estructuralismo histórico versus neopositivismo

Si la búsqueda de la verdad científica consiste en adecuar las interpretaciones teóricas a la realidad exterior que se pretende conocer, un rasgo decisivo del E.L. ha sido el ya mencionado de rastrear la historia para elaborar interpretaciones que la tomen siempre como punto de partida. El E.L. no pretende ajustar los procesos económicos reales a modelos abstractos predeterminados.

Por oposición, los únicos rasgos de cientificidad que reconoce el positivismo neoclásico (Samuelson, Friedman, etc.) son la coherencia lógico-matemática, la compartimentación disciplinaria en el ámbito de la racionalidad instrumental y la verificación empíricamente acotada de las hipótesis propuestas mediante el uso de la econometría y la inferencia estadística.  Esta “verificación” consiste en la capacidad de las teorías para anticipar el futuro (Milton Friedman 1953)  a partir de modelos abstractos fundados en premisas ahistóricas como todas las relacionadas con las tendencias al equilibrio general estable bajo condiciones de competencia perfecta.

En las formulaciones del E.L. no se excluyen (al contrario, se asimilan y aprovechan) varios de los métodos de naturaleza formal-procedimental y econométrica, pero ellos  quedan permanentemente encuadrados en las categorías conceptuales que derivan del estudio histórico sin aceptar las premisas irreales propias de la economía positiva neoclásica. El E.L. no se limita a la racionalidad instrumental positivista propia del enfoque microeconómico. También se proyecta al ámbito de la racionalidad moral (justicia distributiva, democracia, derechos y deberes humanos, etc.) inherente al comportamiento macroeconómico de los Estados democráticos.

En lo que dice relación con las formalizaciones de la macroeconomía el enfoque del E.L. es claramente sistémico (Sunkel y Paz 1970, Castro y Lessa 1970, Sunkel e Infante 2009) y las modelizaciones más utilizadas han sido las matrices de flujos intersectoriales, especialmente las de insumo-producto tipo Leontief, cuyos antecedentes se remontan a los modelos de reproducción simple y ampliada de Marx y a los cuadros soviéticos de balances de la producción.

En el caso de la matriz de Leontief aplicada a las economías capitalistas la demanda agregada comanda y determina los flujos productivos intersectoriales. La composición de esta demanda admite incluir las categorías keynesianas de consumo, inversión, gasto neto del gobierno y saldo neto del comercio internacional. De esta manera el enfoque keynesiano de la demanda final puede integrarse con los modelos de reproducción simple y ampliada de Marx,  con los estudios de Sraffa originados en la corriente de Cambridge, y, por supuesto,  con la matriz de insumo-producto de Leontief (Sunkel y Paz 1970, Pasinetti 1985).

La economía política estructuralista latinoamericana, especialmente a través de los esfuerzos de planificación del desarrollo efectuados en CEPAL-ILPES durante los años cincuenta y sesenta hizo abundante uso de las matrices de insumo producto, tanto para sus planes y proyecciones económicas como para la elaboración de las cuentas nacionales.

Teorías del valor y la distribución orientadas a explicar los precios de mercado:

Respecto de este segundo tema, sugeriremos en esta síntesis la existencia de tres concepciones principales sobre el funcionamiento del mercado y sobre la formación de los precios. Dos de ellas han predominado y se han debatido largamente en la vida académica de los grandes centros hegemónicos occidentales. La tercera puede deducirse o derivarse de la visión de mundo y de la economía política desarrollada por el E.L. En esta sección, solamente se pretende, de manera muy esquemática y resumida, mencionar algunos rasgos esenciales que permiten diferenciar al menos tres posiciones teóricas.

Clásicos y Marx:

Para estas corrientes teóricas el valor de las mercancías se mide en unidades de trabajo. Para Adam Smith se trata del trabajo comandado lo que supone pugnas y negociaciones en los mercados laborales entre capitalistas y trabajadores que afectarán la distribución del ingreso. Para Ricardo y Marx se trata del trabajo contenido en las mercancías producidas. En el enfoque de Marx la valorización de las mercancías tiene lugar en la  trastienda del mercado durante el proceso productivo, mientras que en la esfera de la circulación rigen condiciones de equilibrio que conducen al intercambio de equivalentes o “ley del valor”.  La libre concurrencia de los capitales es la que determina una tasa media de ganancia para todo el sistema. Muchos de los rasgos de la economía ricardiana fueron transferidos a la noción de trabajo abstracto en Marx.

Para los clásicos y Marx las clases sociales se definen por su posición en la estructura de la propiedad y en la distribución funcional del ingreso que de allí resulta: propietarios que perciben rentas, trabajadores que perciben salarios, financistas que perciben intereses y empresarios que perciben ganancias. De allí deriva la estructura social “esencial” del orden capitalista. Marx dicotomizó esas clases sociales, distinguiendo entre los ingresos derivados del trabajo personal y los ingresos derivados de la propiedad. De esta manera pudo plantear con mayor sencillez su teoría de la plusvalía sobre la cual fundó sus nociones de explotación ejercida por el capitalista sobre el trabajador.

En el trasfondo de las ideas de Marx hay obviamente conflictos de poder, dominación y lucha de clases que forman su filosofía de la historia. Pero en lo que atañe a la teoría económica misma formulada en su obra cumbre (El Capital, 1946), se parte de condiciones de equilibrio general de los mercados donde se enmarca su ley del valor (intercambio de equivalentes en el seno de mercados competitivos). De esta manera, en el enfoque de Marx, los mercados capitalistas quedan excluidos como escenarios que con creciente frecuencia, pueden registrar y, en efecto registran, modalidades específicamente mercantiles y financieras de explotación. En suma el fenómeno de la explotación solo se estudia en la esfera de la producción (trastienda de los mercados).

Neoclásicos originarios:

Para esta corriente teórica, el valor de los bienes es una medida de utilidad y escasez. Se expresó matemáticamente para mercados perfectos en equilibrio parcial (Marshall) o  equilibrio general (Walras). En esta interpretación del valor y de la distribución se tomó como punto de partida la metafísica individualista y utilitarista del cálculo marginal y se consideró la distribución funcional del ingreso en el marco de una teoría donde las remuneraciones a los factores productivos expresan sus productividades marginales. Es, de nuevo, la vieja “mano invisible del mercado” traducida al lenguaje matemático del cálculo marginal bajo supuestos extremadamente irreales, que eliminan las complejas asimetrías y pugnas de poder propias de los mercados reales. La teoría de la distribución neoclásica que asocia productividades marginales con remuneraciones de los factores requiere de esas premisas simplificadoras inherentes a la noción de competencia perfecta que ocultan las dinámicas del poder y de la dominación.

Estructuralismo histórico latinoamericano y su teoría de los mercados:

Para el E.L. la “sustancia social” subyacente a la formación de los precios es el poder, y esta afirmación podría considerarse el rasgo definitorio de las teorías del valor y de la distribución del E.L. Esto incluye no sólo el poder productivo que va derivando del cambio técnico sino también las otras formas del poder detentado por actores que ocupan una posición dominante en las diferentes dimensiones de la estructura social. A nivel de América Latina en su conjunto,  y desde la perspectiva de las relaciones internacionales, esta lectura del tema se enmarca en el sistema centro-periferia.

El valor económico es entendido como poder ejercido en los mercados. Esos mercados no son formulaciones abstractas y ahistóricas sino que corresponden a estructuras sociales históricamente determinadas de las que emana dicho poder. Las magnitudes de valor económico se miden en unidades de poder adquisitivo general (flujos monetarios divididos por índices de precios).

La noción de poder económico en el E.L. incluye dos nociones claramente diferenciables, por un lado los diferentes estratos de poder productivo (o productividad) de cuyo crecimiento dependen las ganancias de productividad (frutos del progreso técnico) del sistema económico y, por otro lado, la ejercitación del poder adquisitivo general en los mercados.

Quizá podría definirse el E.L. como una economía política del poder puesto que el comportamiento de los mercados y de los precios es consecuencia de los diferentes juegos de poder que brotan de las fuerzas sociales en pugna. Raúl Prebisch (1981, 75) distinguió entre las formas del poder económico, el poder social, el poder sindical, y el poder político que se concentra en manos del Estado. Todas estas formas de poder sólo distribuyen y redistribuyen el poder productivo general y su dinámica de crecimiento. Prebisch asoció esta dinámica con la pugna distributiva que termina traduciéndose en cambios acontecidos en la estructura de precios relativos, los que a su vez determinan conjuntamente el nivel de precios. De esta manera el proceso inflacionario es también una expresión de las luchas sociales en la esfera distributiva.

Dadas las posiciones y relaciones de poder que brotan de la estructura social, los incrementos en la productividad laboral pueden distribuirse de múltiples maneras (ganancias, salarios, rentas, ingresos fiscales, abaratamiento de ciertos bienes, etc.), pero el fenómeno nuclear y primigenio, “gatillador” del proceso atañe a las estructuras productivas. Luego vienen las formas de apropiación de las ganancias de productividad que dependen de la dinámica de las estructuras sociales y son cruciales en la teoría del valor, de los mercados y de los precios elaborada por el E.L. Además, bajo condiciones de desarrollo, esas ganancias de productividad que incrementan el lucro empresarial son lo que Prebisch denomina excedente económico. (Prebisch 1949 y 1981).

El proceso de formación de los precios relativos tiene lugar a través de las diferentes cadenas de agregación de valor en las diferentes ramas productivas protagonizadas por actores sociales involucrados directa o indirectamente en dichas transacciones. A nivel territorial entre regiones o estados subnacionales las cadenas de agregación de valor también cuantifican esas relaciones de poder (Rofman 1999, 2000). Para el E.L. no hay conexión causal necesaria y directa entre los precios de mercado y las teorías del valor-trabajo o del valor-utilidad consideradas en abstracto y sin referencia a las posiciones de poder que emanan de las estructuras sociales (Prebisch 1948,1981, Furtado 1978, Sunkel 1970, Di Filippo 2009).

En este enfoque el papel del Estado como creador de instituciones formales y del gobierno como formulador de políticas es esencial. El E.L. ha elaborado estrategias de desarrollo en las que ocupan un lugar central las políticas regulatorias y fiscales aplicadas por las autoridades económicas, a través de las cuales se plantea el importante tránsito desde la distribución funcional a la distribución personal o familiar del ingreso, de las que depende en alto grado la composición de la demanda final de bienes de consumo. También las instituciones del Estado y sus políticas son esenciales en la distribución territorial de ingresos entre subregiones. Paralelamente, la cultura y el comportamiento empresarial (por ejemplo “creatividad” versus “rentismo”) influyen fuertemente sobre la magnitud y composición de la demanda de bienes de inversión.

  1. EL ESTRUCTURALISMO LATINOAMERICANO COMO ECONOMÍA POLÍTICA

Una recapitulación

El E.L. toma como punto de partida el anterior diagnóstico histórico-estructural referido a la importancia de las actividades exportadoras de productos primarios, de las cuales derivan muchos rasgos característicos comunes del desarrollo latinoamericano. Es industrialista-desarrollista, porque se planteó el objetivo de promover la industrialización de los países de América Latina como condición básica para asimilar progreso técnico e iniciar un proceso autónomo de desarrollo económico orientado a superar su posición periférica. La visión centro-periferia, que desafía la división internacional del trabajo impuesta por el liberalismo económico, debe atribuirse como hemos visto al economista argentino Raúl Prebisch, Primer Secretario Ejecutivo de CEPAL e inspirador de sus tesis fundamentales.

Si bien uno de los rasgos más característicos de la vasta obra escrita de Raúl Prebisch (1948, 1963, 1970, 1981) ha sido el de no elaborar textos “académicos” donde se puedan encontrar referencias prolijas y precisas a las corrientes de pensamiento que lo inspiraron, no cabe duda de que su propuesta desarrollista encuentra coincidencias y similitudes con el Sistema Nacional de Economía Política de Friedrich List. Éste, a su vez, se inspiró en las ideas industrialistas y proteccionistas del norteamericano Alexander Hamilton, fundador del pensamiento industrialista estadounidense. Un autor que exploró explícitamente estas y otras fuentes fue Aldo Ferrer (1996, 2000) en sus dos tomos sobre la Historia de la Globalización.

Aldo Ferrer, discípulo de Prebisch en la Universidad de Buenos Aires, plasmó muy claramente en su libro “La Economía Argentina” los ejes fundamentales de la economía política desarrollista propia del E.L  aludiendo a las “precondiciones de la economía industrial integrada”. Al respecto planteó que “Las precondiciones citadas se refieren a tres campos fundamentales: la orientación de la política económica, el papel de las fuerzas sociales en el proceso de desarrollo, y finalmente las bases políticas del mismo” (Ferrer 1963, 243). Posteriormente condensó similares ideas en su noción de “densidad nacional”. Este libro alcanzó gran difusión dando lugar a numerosas traducciones y reediciones, la última de las cuales fue elaborada con la colaboración de Marcelo Rougier (Ferrer y Rougier 2012).

Estas corrientes de pensamiento industrialistas-proteccionistas-integracionistas no fueron el resultado de inspiraciones académicas “de escritorio”, sino un reflejo de situaciones históricas análogas por parte de países o regiones que buscaron (¡y lograron concretar!) sus propios caminos de desarrollo económico. Forman parte de largas confrontaciones político-económicas de alcance internacional entre las corrientes librecambistas y proteccionistas que se han venido enfrentando a lo largo de toda la historia del capitalismo.

En sus planteamientos fundacionales, la economía política de CEPAL, inspirada en las ideas de Prebisch, no hizo más que acompañar tendencias industrialistas y proteccionistas surgidas previamente en los países más avanzados de América Latina; las experiencias de industrialización promovidas en Argentina desde comienzos del siglo XX y acentuadas durante el gobierno de Perón, las registradas en Brasil durante el gobierno de Vargas o las de los gobiernos radicales en Chile, son ejemplos relevantes de estas tendencias históricas, de las que CEPAL fue intérprete.

En los años sesenta ante el  desaliento de la industrialización en curso se propusieron reformas estructurales (agrarias y tributarias) con significación distributiva para ampliar los mercados nacionales; se promovió la planificación indicativa del desarrollo como un requisito para aprovechar la ayuda internacional (no sujeta, aún, a las condicionalidades del financierismo posterior).

Dentro de este conjunto de acciones, a instancias de CEPAL se crearon las primeras instituciones de postguerra para avanzar hacia la integración regional dando concreción al ya mencionado latinoamericanismo que caracterizó los planteamientos del E.L. Sin embargo la integración latinoamericana no siempre estuvo presente en los intereses e ideologías de las clases dirigentes de América Latina. El carácter mono-productor y mono-exportador de sus estructuras económicas conspiró contra la diversificación productiva requerida para un intercambio recíproco sostenido y creciente. Por lo tanto existió, y sigue existiendo, un potencial de causación recíproca de carácter virtuoso que ha sido frustrado por los intereses preexistentes: la promoción del proceso de industrialización a escala latinoamericana planteado por el E.L. se convirtió así en una precondición para la integración regional, y ésta, a su vez, en un estímulo esencial para profundizar el desarrollo industrial.

Las poderosas oligarquías  que controlaban y aún controlan las actividades primarias de exportación en América Latina, en connivencia con afines intereses externos de los centros hegemónicos, lucharon sistemáticamente contra los esfuerzos industrialistas que se habían iniciado en diferentes momentos históricos del siglo XX. La inercia institucionalizada de una clase dominante propietaria rentista, siempre dispuesta a eludir obligaciones fiscales y fugar capitales hacia el exterior, terminó predominando sobre la incipiente burguesía industrialista que intentaba nacer a lo largo del siglo XX. Así, se ha mantenido la condición periférica caracterizada por exportación de productos primarios, dependencia, vulnerabilidad económica, heterogeneidad estructural y concentración distributiva.

En el período 1945-1975 mientras CEPAL formulaba sus iniciativas industrialistas,  el keynesianismo fue la economía política dominante en Europa y Estados Unidos. A partir de sus fundamentos macroeconómicos se posibilitó la reconstrucción europea y se legitimó la intervención del Estado en las economías capitalistas desarrolladas (Di Filippo 2013).

Desde mediados de los años setenta del siglo XX,  la decadencia del keynesianismo y de los estados benefactores en los centros hegemónicos coincidió también con cierta pérdida de influencia de las propuestas “desarrollistas” de CEPAL. Surgieron en los centros hegemónicos situaciones de “estanflación” (stagflation) frente a las cuales las prescripciones del keynesianismo no resultaron eficientes. La inflación de dos dígitos de los años setenta, sin precedentes en los centros, fortaleció las políticas monetaristas (Milton Friedman) y favoreció los intereses de los poderes monetario-financieros en detrimento de las políticas fiscales y las regulaciones que habían predominado hasta ese momento. La declaración de inconvertibilidad del dólar invistió a Estados Unidos con los poderes del señoreaje y consolidó aún más el giro “monetarista y financierista” de su política económica.

  1. EL E.L. EN EL SIGLO XXI: ¿OBSOLETO O VIGENTE?

Cabría preguntarse entonces, en función de los objetivos de esta presentación: ¿Los profundos cambios históricos acontecidos en el último cuarto del siglo XX y lo que va corrido del presente  han tornado obsoletos los enfoques del E.L.? ¿Todavía esta corriente interpretativa sigue siendo una fuente de inspiración para las grandes estrategias del desarrollo latinoamericano?

La respuesta que aquí se esboza defiende la validez y vigencia del E.L. El fundamento de todas sus reflexiones es la expansión del poder productivo basado en la asimilación del cambio técnico. Tras la hegemonía de los dos grandes centros occidentales (Gran Bretaña y Estados Unidos) ahora se perfilan los países asiáticos (China en particular) que, siguiendo la misma fórmula (control del progreso técnico y expansión de la productividad) comienzan a tomar el liderazgo. Pero la posición primario-exportadora, periférica y dependiente de América Latina se mantiene (especialmente en el caso de Sudamérica) respondiendo a rasgos históricos que no han logrado ser modificados. De aquí que las lecciones que derivan del E.L. sigan vigentes y válidas, pero bajo nuevas circunstancias y mecanismos  que es necesario tomar en cuenta.

El futuro histórico del capitalismo tal como lo hemos conocido en los últimos doscientos años probablemente se modificará, y no se sabe si lo hará hasta el punto de perder sus rasgos definitorios. Los factores de cambio que ya están operando son la irrupción de los problemas ambientales y el surgimiento de las tecnologías de la información, de la comunicación y el conocimiento (TIC). A mediano y largo plazo el proceso de robotización acentuará la prescindencia de fuerza de trabajo creando futuros problemas de desocupación por el lado la producción y de recesión por el lado de la demanda global. El tema del deterioro ambiental obligará a desarrollar nuevas técnicas de producción y consumo como un imperativo de sobrevivencia. Pero aun admitiendo estos enormes cambios que se avecinan el control de la creatividad y el progreso técnico aplicado a la producción será, cada vez más, la llave maestra orientadora del desarrollo futuro y de las hegemonías a escala mundial. Desde el punto de vista de América Latina esto ratificará la validez de las lecturas interpretativas de la realidad formuladas por el E.L.

También el E.L. es clave para entender y someter a evaluación las actuales tendencias de la economía mundial y regional. Retomando el análisis de la situación actual, en América Latina la financierización de la economía mundial acontecida durante los últimos treinta y cinco años fue acompañada por feroces procesos de endeudamiento en países subdesarrollados o emergentes. El dinero “fácil” y barato disponible a partir de los eurodólares derivados del shock del petróleo, recirculados a través de la mencionada banca transnacional, fue el caldo de cultivo de graves crisis financieras y fiscales por parte de los países endeudados. A través de las condicionalidades y exigencias del FMI y del BM, estas crisis posibilitaron la instalación de las reglas de juego del así denominado “Consenso de Washington” (globalización productiva, desregulación de los mercados, privatización y transnacionalización de bienes y servicios públicos, apertura irrestricta a mercancías externas). Se intensificó así un mecanismo de dominación fundado en el endeudamiento crónico y aplicado a la subordinación económica de las periferias. La deuda pública es así “el caballo de Troya” del poder monetario-financiero global. Todos estos rasgos son bien conocidos por su potencial para echar por tierra una y otra vez a los preceptos de la economía política estructuralista.

A partir de este período, el reemplazo de las prescripciones keynesianas por las estrategias neoliberales corrió paralelo en el tiempo con la Revolución de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICS), favoreciendo la rápida propagación productiva de las corporaciones transnacionales (CT). Esta “deslocalización” corporativa fue el mecanismo utilizado por las CT para enfrentar la creciente competencia asiática, proveniente de países con costos laborales más bajos y enormes coeficientes de inversión (Japón, Corea, Taiwán y más recientemente China) que posibilitaron su rápido crecimiento industrial y una creciente competitividad que resultó incontrastable para las naciones industrializadas de Occidente.

Los estructuralistas latinoamericanos detectaron tempranamente el proceso de globalización del capitalismo protagonizado por las corporaciones transnacionales, especialmente a partir de los años setenta, a medida que las TIC comenzaban a emerger y a propagarse. Osvaldo Sunkel (1972) habló de capitalismo transnacional y desintegración nacional en América Latina.  Celso Furtado habló de estructuras transnacionales empresariales, subrayando que: “las relaciones económicas internacionales evolucionaron en el sentido de una creciente complejidad, al mismo tiempo que el poder coordinador de estas relaciones se desviaba en buena parte de los estados nacionales hacia las grandes empresas” (1979, 27).

La globalización se tradujo en una verdadera “fuga de las CT”  desde los grandes centros industriales de Occidente hacia zonas jurídicamente extraterritorializadas. Proliferaron entonces las zonas procesadoras de exportaciones (maquiladoras) diseñadas para atraer el capital transnacional reduciendo sus costos laborales, ambientales y energéticos. En América Latina estas zonas francas han tenido lugar fundamentalmente en México, América Central y el Caribe, en tanto que en Sudamérica ha seguido predominando la tradicional exportación de commodities y productos primarios con bajo grado de procesamiento industrial.

En un segundo momento, esta reubicación de plantas productivas por parte de las CT se tradujo en crecientes esfuerzos de evasión y elusión tributarias para reducir los costos fiscales soportados por sus casas matrices, dando lugar a la emergencia de “paraísos off-shore” donde se lava el dinero negro.

La creciente financierización de los procesos económicos fortaleció a la gran banca de inversiones. Un caso emblemático es Goldman Sachs cuyos ejecutivos han alcanzado posiciones de liderazgo desde los bancos centrales y los ministerios de finanzas dominando literalmente la política económica de Estados Unidos y la Unión Europea.

No es posible extenderse aquí sobre esta creciente dominación del poder monetario-financiero, pero la complicidad y subordinación de los líderes políticos con la gran banca corporativa resulta cada vez más flagrante y escandalosa. La propagación de prácticas corruptas entre las cúpulas corporativas en connivencia con los líderes políticos se ha institucionalizado e invadido a todas las naciones que participan de la actual arquitectura financiera transnacional. La corrosión y debilitamiento de los regímenes democráticos y de los derechos ciudadanos está siendo una de sus consecuencias más peligrosas (Di Filippo 2016)

Entre los impactos estructurales de largo plazo de esta inflexión histórica iniciada en los años setenta cabe mencionar la parcial pero creciente desindustrialización de Estados Unidos y Europa, así como la pérdida de control fiscal sobre los poderes corporativos transnacionales.  Parafraseando un dicho conocido, “lo que es bueno para la General Motors dejó de ser bueno para los Estados Unidos”. No es casual entonces que Donald Trump el nuevo presidente electo de dicho país (que sigue siendo todavía y por ahora la mayor potencia hegemónica mundial), aún antes de asumir plenamente su cargo haya amenazado a las grandes automotrices estadounidenses con aplicar altos aranceles a sus automóviles fabricados en México y otras zonas procesadoras de exportaciones. Asimismo, está anunciando un vasto plan de obras públicas a ser financiado mediante la captación de créditos que preanuncian una elevación de las tasas internacionales de interés y una valorización internacional del dólar.

Tras un desaforado neoliberalismo de varias décadas, Estados Unidos reconoce tardíamente su pérdida de liderazgo industrial, especialmente frente a China y aparenta resucitar posiciones nacionalistas y proteccionistas (búsqueda de la “grandeza” perdida), que de ser llevadas a cabo, significarían el más grande viraje de la economía política estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial con vastas repercusiones sobre la arquitectura económica, comercial y financiera internacional. Sin embargo, más allá de la retórica electoralista de Trump, su secretario del Tesoro seguirá siendo (igual que en los dos gobiernos anteriores) un alto ejecutivo de Goldman Sachs, y la estructura tributaria favorecerá aún más al 1%  superior de la distribución… Todo parece indicar la instalación de un populismo nacionalista de derecha.

De hecho, lo que estamos presenciando a fines de 2016 es una pugna entre los principios del financierismo neoliberal practicado a escala mundial por la gran banca corporativa y una aparente resurrección de posiciones nacionalistas y proteccionistas tanto en Europa como en el interior de Estados Unidos. Sin embargo distributivamente hablando no se observa ningún rasgo de democratización económica y, sí, claros indicios de chauvinismo, xenofobia, y racismo.

En este mix de estrategias contradictorias, Estados Unidos pretende, hoy, financiar sus esfuerzos de recuperación industrial aprovechando su poder de señoreaje en la esfera monetaria. Con tal fin cuenta con su banco central, la FED, para manipular tasas de interés y tipos de cambio. Es víctima también de posiciones deficitarias y deudoras que pretende superar retomando altas tasas de crecimiento a largo plazo, para lo cual necesita recuperar su liderazgo productivo a escala mundial.

De verificarse este viraje estratégico, el dólar estadounidense se encarecerá rápidamente en las regiones periféricas agravando las eventuales posiciones deudoras y deficitarias que de allí resulten.

Argentina en 2017: neoliberalismo “periférico” versus estructuralismo latinoamericano

Puesto que la presente charla tiene lugar en una universidad argentina, será interesante contrastar la política económica del nuevo gobierno que asumió el mando a fines del 2015 a la luz de los marcos conceptuales propios del E.L. En el análisis que sigue se hace completa prescindencia de los aspectos partidarios o personales del proceso político coyuntural, así como de las imputaciones críticas que podrían efectuarse a los gobernantes, anteriores y actuales, respecto de la moralidad y/o eficiencia en la gestión de sus cargos. Ese aspecto puede ser crucial desde otras perspectivas pero aquí solamente se pretende explorar los rasgos más definitorios de la política económica  que se ha instalado en el país durante 2016,  desde una mirada propia del E.L.

Una evaluación de conjunto permite descubrir un viraje desde una estrategia que era impulsada por la demanda interna, pública y privada, apta para promover la industria interna ayudada por la integración de mercados latinoamericanos (por ejemplo MERCOSUR), hacia otra, que busca impulso en la demanda externa de productos primarios (exportaciones en rubros tradicionales) y en los aportes de los inversionistas extranjeros tradicionalmente orientados hacia esos mismos rubros (por ejemplo vía Alianza del Pacífico).

La estrategia reciente del gobierno se reorienta, así, hacia el clásico modelo primario- exportador  eliminando las cargas fiscales (retenciones) a las exportaciones agropecuarias con las que se financiaba parte del gasto público y de la protección social en la primera década de este siglo. Para recuperar la confianza internacional del mercado de capitales se pagó la deuda a los holdouts (fondos buitres), y se eliminaron los subsidios a las tarifas de servicios públicos reduciendo el poder adquisitivo salarial y aumentando los costos de las MIPYME. Mediante estas y otras señales  “pro mercado global” y “pro empresa transnacional”, el actual gobierno esperaba allanar el camino a una “lluvia” de inversiones extranjeras (o repatriadas con el blanqueo recientemente decretado) que estuvieran dirigidas a la economía real.  De este modo la demanda externa (exportaciones primarias) más las inversiones provenientes del exterior, reemplazaría a la demanda interna proveniente del gasto público y privado en bienes de consumo.

Con la liberalización creciente de las importaciones también se conspira contra la producción nacional. A esto contribuyó la fuerte devaluación de la moneda nacional que favoreció también a los sectores exportadores primarios, y perjudicó a los productores nacionales adquirentes de insumos y equipos industriales dirigidos al mercado interno.

En el marco de las reglas del MERCOSUR el principal estímulo externo a la producción manufacturera argentina provenía de Brasil, pero el viraje neoliberal de este país sumido también en una profunda recesión, y su abandono del ideario integrador latinoamericanista también contribuyen a la actual situación de “estanflación” argentina.

Respecto de la demanda interna, el impacto de estas medidas fue intensamente recesivo porque la redistribución de ingresos desde los sectores asalariados (formales o informales) y desde las MIPYME hacia los sectores empresariales dominantes, redujo el porcentaje del consumo popular sin que se expandieran visiblemente ni las exportaciones primarias ni las inversiones externas. Las primeras están experimentando una finalización del ciclo alcista de productos primarios que había sido promovido por el rápido crecimiento de la economía de China. Por otro lado la esperada “lluvia” de inversiones externas de naturaleza productiva no se está presentando porque el costo laboral y fiscal argentino es muy alto, y resulta preferible orientarse hacia la  inversión especulativa de corto plazo (letras del Banco Central) cuya rentabilidad anual (aún descontada la devaluación de la moneda nacional) es muy superior a la que podría derivarse de inversiones productivas. La recesión con inflación aumenta el déficit fiscal y el gobierno acude al endeudamiento para compensar los desequilibrios macroeconómicos. La actual orientación estratégica hacia el exterior quita importancia al mercado interno y facilita la reducción de los costos laborales de la producción argentina. Así se aumenta la competitividad internacional a costa de una reducción de los niveles medios de vida.

La agudización de la recesión ha ido acompañada de mayor desempleo y subempleo, con la consiguiente intensificación de la pobreza y concentración de los ingresos (Revista Entrelineas número 46, diversos autores).

En suma la economía política que a partir de 2016 ha comenzado a aplicarse no sólo es distinta a los preceptos de la E.L. sino claramente contraria y antagónica a estos. Tiende a premiar las actividades especulativas y rentistas en detrimento de ganancias genuinas de productividad. Tiende a consolidar la posición exportadora de productos primarios y a debilitar abiertamente el aparato industrial y la integración regional que complementaba esa estrategia. La integración que hoy se privilegia (Alianza del Pacífico) favorece a las CT,  busca concentrar la distribución del ingreso y reduce el rol del propio mercado latinoamericano.

A escala macroeconómica se expresa en estas tendencias una apropiación socialmente “cerrada” (en favor de las ganancias corporativas transnacionales) de los eventuales incrementos de productividad que pudieran producirse en el futuro. Se verifica una reducción de los ingresos medios y bajos (salarios más ingresos de las MIPYME) que impulsaban la demanda final. Solamente si esas eventuales ganancias de productividad no se fugaran al exterior  y fueran reinvertidas en nuevas actividades productivas en el interior del país podría aumentar el coeficiente de inversiones respecto del producto. A juzgar por lo acontecido en este primer año, la recesión con inflación (estanflación) continúa.

En estas condiciones resulta normal un descenso de las recaudaciones tributarias.  Hasta ahora entonces, la estrategia económica desarrollada en este primer año está generando efectos a mediano plazo ya sufridos anteriormente en otros episodios recesivos. Estos acontecimientos vuelven a encadenar al país a su posición periférica, mono exportadora, deficitaria y deudora porque abren la puerta al caballo de Troya del endeudamiento insostenible. No debe entenderse que todos estos males deban adjudicarse a las presentes políticas, sino que ellas agravan antiguos males tales como la especulación financiera, la fuga de capitales, y el retorno a posiciones mono productoras y mono exportadoras.

El tema no tiene solución a escala nacional, y exige un retorno al ideario latinoamericanista,  por lo tanto no enfrentamos un problema solamente económico, sino fundamentalmente político.

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CARACTERÍSTICAS DE UN ENFOQUE ALTERNATIVO

El presente fragmento, publicado aquí bajo otro título, corresponde al documento de Armando Di Filippo: “Fundamentos de un enfoque iberoamericano para la enseñanza de la responsabilidad social empresarial”, solicitado a su autor en 2012 por el Fondo Fiduciario España—PNUD referido al área temática: “Hacia un Desarrollo Integrado e Inclusivo en América Latina y el Caribe”.

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DEMOCRACIA INTEGRAL Y DESARROLLO  HUMANO

Armando Di Filippo

 

El derecho a elegir y a ser elegido a cargos gubernamentales por parte de los ciudadanos de un régimen democrático, otorga un papel central a los seres humanos, ya que la condición de ciudadano se predica solamente respecto de los seres humanos.

 

Si bien no todo ser humano ha sido investido, en la historia, con la condición de ciudadano, queda claro que todo ciudadano debe ser necesariamente un ser humano. Este énfasis en la condición humana de cualquier ciudadano puede parecer una perogrullada obvia, si no fuera porque en el presente de las megacorporaciones capitalistas se ha acuñado la equívoca expresión «ciudadanía corporativa » o «ciudadanía empresarial» que confunde el significado básico de nociones centrales de la ciencia política establecidas desde los tiempos de Aristóteles.

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Significado humano del valor económico que subyace a los mercados

El meollo o hilo conductor para la comprensión del capitalismo, sistema que ha dominado el mundo occidental durante los últimos doscientos cincuenta años, es la lógica del mercado. Así como el Rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba, también el capitalismo ha convertido en mercancías todo lo que ha tocado, y cada vez abarca más ámbitos de la vida humana que, sobre todo en Occidente, llamamos civilizada.
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UNA TEORÍA MULTIDIMENSIONAL DEL VALOR ECONÓMICO

 

Armando Di Filippo

 

Este trabajo propone la tarea de descubrir y recrear una visión multidimensional del valor económico (es decir, de aquello que es medido por los precios y cantidades de mercado y que está detrás de las nociones de ingreso y producto a escala social) que dé cabida a las restantes dimensiones de la sociedad humana y a los científicos sociales que las cultivan, para que penetren en ese terreno blindado y vedado de las actividades económicas y de la ciencia económica actual. Se trata, en otras palabras, de construir avenidas de ida y vuelta entre la ciencia económica y las restantes ciencias sociales y biológico-ambientales que afectan la vida humana. Son dichas avenidas las que permiten establecer vínculos entre la visión multidimensional del valor económico y la visión multidimensional o integral de la democracia planteada en el capítulo anterior.

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MERCADO EFICIENTE Y LIBRE EMPRESA: ¿De qué estamos hablando?

Armando Di Filippo

En mi último libro Poder Capitalismo y Democracia (RIL Editores 2012) he insistido en plantear la importancia de la noción de dominación, junto con una crítica al capitalismo globalizado del siglo XXI y a sus impactos sobre los principios de la democracia occidental.

Los críticos más acérrimos a las ideas allí expuestas se apoyan en lo que hemos estado denominando neoliberalismo. La visión neoliberal hace aparecer al mercado y a la libre empresa como los auténticos custodios de la racionalidad instrumental (fuente de la eficiencia capitalista medida por la tasa de ganancia) y como la fuente de la creatividad sobre la cual se construyó la civilización del capitalismo. Por oposición al Estado le adjudican todos los males de la burocracia ineficiente, del autoritarismo, del populismo y de los mayores obstáculos a la expansión de los mercados y de la libre empresa.

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NOTA: Se transcriben a continuación fragmentos de un artículo titulado Mercado y Democracia publicado hace más de treinta años, cuando en el mundo se consolidaba la “Revolución Conservadora”. En ese momento histórico las conquistas del Estado Social todavía prevalecían, y el keynesianismo era fuerte (aunque en proceso de erosión) pues la hegemonía del capital financiero globalizado no se había manifestado en plenitud. Hoy el mundo ha cambiado y la conciencia de las tremendas desigualdades sociales, de las nuevas formas de explotación a través de las finanzas, y de la crisis ambiental, Sigue leyendo

LA RESPONSABILIDAD DE ALEMANIA SOBRE LOS ESCENARIOS FUTUROS DE LA UNIÓN EUROPEA

¿Cuáles son las perspectivas de la crisis? En plazos cortos, algunos analistas piensan que dependerá del comportamiento de Alemania que, como se sabe, es el centro hegemónico de la UE. En plazos medianos la disyuntiva es clara, o se consolida la integración mediante una unión fiscal o se afronta una desastrosa fragmentación de Europa. Sigue leyendo

Estudiar a Hayek resulta un interesante ejercicio para verificar hasta qué punto, las palabras pueden ser tergiversadas y dotadas de contenidos conceptuales diametralmente opuestos a lo que realmente significan. Nos concentraremos aquí en dos conceptos claves, los de justicia y libertad, para contrastar la visión de Hayek con la que este trabajo intenta desarrollar. Dice Hayek (1981): Sigue leyendo

Una lectura multidimensional de las sociedades humanas

Las instituciones entendidas como reglas sociales vigentes, interiorizadas en el comportamiento habitual de las personas naturales y de las asociaciones, pueden ser examinadas en cuatro dimensiones que son consideradas esenciales para cualquier sociedad humana. Las instituciones están históricamente determinadas y por lo tanto nos referimos a las sociedades humanas contemporáneas tal como operan mayoritariamente, al menos en el mundo occidental del siglo XXI.

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Si a la demanda agregada se la hace depender de la distribución personal-familiar del ingreso y se la independiza de la ley del valor como fundamento de los precios de mercado en el sentido de Marx, se hace viable considerar los fenómenos de dominación-explotación que se verifican en el mercado. Así, el mercado puede ser la fuente efectiva de asimetrías de poder que no responden o no se detectan a través de las categorías marxistas, sobre la base de las cuales se ha edificado la noción de explotación de clases. Sigue leyendo

Se han levantado voces en medios académicos y políticos que suscriben el acta de defunción de la visión centro-periferia del sistema de relaciones económicas internacionales, asociada a los estudios y propuestas de la Escuela Latinoamericana del Desarrollo que floreció al alero de la CEPAL. Esta visión tiene un carácter que podríamos denominar transhistórico o, al menos, aplicable a varios períodos  sucesivos de la era contemporánea, inaugurados a partir de las revoluciones políticas americana y francesa y de la Revolución Industrial Británica. El criterio periodizador de la visión centro-periferia incluye la Revolución Industrial Sigue leyendo

La democracia como sistema político fue caracterizada originalmen­te por Aristóteles en su obra Política, pero lo hizo solamente para el ciudadano griego, apto para gobernar y para obedecer al gobierno de sus pares. Aceptó, simultáneamente, la esclavitud como régimen social compatible con la democracia al estilo griego. Aristóteles no solo caracterizó la democracia como un régimen que defiende la libertad de los ciudadanos griegos, sino que, de acuerdo con algu­nos intérpretes de su pensamiento, la consideró como el mejor de los regímenes políticos, apoyando simultáneamente la regla de la mayoría y la regla de la ley.
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EL KEYNESIANISMO Y EL ESTRUCTURALISMO LATINOAMERICANO

El keynesianismo puede ser entendido como las diferentes corrientes de pensamiento que se derivaron de las contribuciones efectuadas por John Maynard Keynes a la teoría económica.

El elemento revolucionario de las contribuciones de Keynes fue su punto de vista macroeconómico, fundado en la noción de demanda agregada para evaluar las teorías del valor y de la distribución.
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En esta peculiar versión aristotélica de las necesidades objetivas que proponemos a continuación, caracterizamos al hombre como un animal dotado de razón (instrumental y moral) y, además, animal político. De aquí derivan dimensiones específicas de todo ser humano, por el mero hecho de serlo. Necesidades biológico-ambientales que derivan de su pertenencia al mundo de la vida animal, necesidades económicas que derivan de su racionalidad instrumental (productor, propietario, mercader), necesidades culturales que derivan de su libertad para fijarse fines y valores, y necesidades de convivencia política para generar normas e instituciones que regulen todas las dimensiones de la vida social y determinen sus esferas de acción como ciudadanos en la esfera pública.
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En cierto sentido, el modelo neoclásico de equilibrio general bajo condiciones de competencia “perfecta” puede verse como una versión formalizada por León Walras de la visión de la “mano invisible del mercado” formulada originalmente por Adam Smith. Según dicha visión, los individuos en la búsqueda de su provecho personal, a través del proceso de mercado logran llevar a un máximo el bienestar general. El tratamiento de Walras es abstracto y basado en premisas que condicionan el desarrollo matemático del tema. El criterio de cientificidad está dado no por el realismo de las premisas, sino por la congruencia interna del desarrollo de un modelo. Sigue leyendo

(… ) Un noveno rasgo específico del capitalismo es su naturaleza intrínsecamente dinámica, caracterizada por una permanente (aunque cíclica) expansión de su poder productivo, que lo convierte en un «juego de suma positiva», donde al menos teóricamente todos los participantes en el juego de mercado pueden estar ganando al mismo tiempo. Este proceso expansivo se inició a fines del siglo XVIII con la Revolución Industrial Británica.
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La ciencia económica en la perspectiva sistémica privilegiada en este trabajo, se funda en esa repetición de eventos históricos entrelazados que denominamos instituciones y que en su conjunto constituyen la estructura social. La realidad objetiva exterior que denominamos sociedad humana posee una estructura que carece de la solidez y permanencia de las cosas materiales inertes, como es el caso con un trozo de piedra o de madera. La estructura social no es más que la consecuencia entrelazada y compleja de comportamientos humanos repetitivos e interdependientes. El orden capitalista-industrial ha contribuido de manera decisiva a fijar esos ritmos habituales. En una gran metrópoli sus habitantes se levantan a horas parecidas, se higienizan y desayunan con productos y procedimientos similares, se trasladan masivamente de formas alternativas (por ejemplo, locomoción pública y privada) según cuáles sean sus ingresos medios, pero sujetas cada forma a ritmos repetitivos. Sigue leyendo

La visión teórica del mercado y los precios de la escuela estructuralista latinoamericana, a veces implícita y otras veces explícita, es que en un momento dado la existencia del mercado refleja las posiciones de poder de los actores sociales respecto de los diferentes ámbitos de cada sociedad. En consecuencia, los precios de mercado pueden concebirse como una medida de las posiciones de poder y de las estrategias y tácticas específicas de las partes contratantes y, a su vez, las variaciones que experimentan a lo largo del tiempo revelan los cambios que se van produciendo en esa situación. Sigue leyendo

El concepto multidimensional o integral de democracia nos obliga a una consideración igualmente multidimensional de algunos términos clave para nuestra indagación; por ejemplo, los términos de institución, necesidad, privación, pobreza, justicia, igualdad, etc. Todos estos conceptos son o pueden ser concebidos como multidimensionales y examinados desde perspectivas biológico-ambientales, económicas, culturales y políticas. Es por esto que el principal «término envolvente» de nuestra argumentación, que es la democracia, también puede ser concebido de modo multidimensional. Personalmente considero que el término justicia subyace en el término democracia, cuando se lo considera de manera sustantiva y no meramente procedimental. De aceptarse esta afirmación el término multidimensional envolvente sería en última instancia el de justicia. Sigue leyendo

En el capitalismo, la noción de propiedad referida a las personas ha sido extendida por la noción de propiedad referida a las organizaciones. En las versiones liberales primigenias, por ejemplo en Locke o en Rousseau, la propiedad de los recursos se predicaba y legitimaba respecto de las personas naturales, y no de las personas jurídicas como es el caso con las corporaciones trasnacionales. En Locke la propiedad privada se legitimaba a través de la agregación de trabajo a bienes o recursos que antes estaban en un «estado de naturaleza». Esta idea asociaba también el derecho a la propiedad de los recursos con la iniciativa individual de aquellos que, mediante su trabajo, agregaban valor a dichos recursos. Sigue leyendo